«Bajo tres soles».
Los tres soles me juzgan desde el cenit. Su luz no calienta; pesa. Siento que me aplasta, que me obliga a recordar lo que quise olvidar.
El aire vibra distinto en este nuevo mundo. Respira, pero no conmigo.
Cada hoja, cada piedra, parece mirar mi piel sospechando, como si supieran que vengo de otro lugar, de otro tiempo. Seis milenios pesan en los huesos.
Y, sin embargo, camino. No sé detenerme.
Akhekhu me observa desde la colina. Sus alas, plegadas contra el cuerpo, son una sombra viva que resiste la claridad. Tiene el rostro vuelto hacia lo alto, ese firmamento doblemente encendido que no conoce noche verdadera. Hace horas que la siento inquieta. Su aura se contrae, como si un eco la llamara desde muy lejos.
—No puedes irte —le digo. Mi voz suena más frágil de lo que quisiera.
Ella baja la mirada. En sus ojos, el reflejo de los tres soles parece un incendio líquido.
—Han entrado en mi cielo, Naamah —responde. Su tono es sereno, pero el aire se crispa.
—¿Quiénes?
—Alguien que viene desde el vacío.
—No pueden llegar tan pronto.
—Lo ha hecho…
No hay discusión posible. Su cielo es su territorio del alma, el espacio donde su especie canta el orden de los vientos. Si alguien lo profana, debe volver.
Lo entiendo. Pero eso no alivia el vacío que me deja al extender las alas y elevarse, cortando la luz en tres.
Una de sus plumas cae frente a mí: negra, fría, vibrante. La guardo. No como amuleto, como deuda.
El aire vibra distinto en este nuevo mundo. Respira, pero no conmigo.
Cada hoja, cada piedra, parece mirar mi piel sospechando, como si supieran que vengo de otro lugar, de otro tiempo. Seis milenios pesan en los huesos.
Y, sin embargo, camino. No sé detenerme.
Akhekhu me observa desde la colina. Sus alas, plegadas contra el cuerpo, son una sombra viva que resiste la claridad. Tiene el rostro vuelto hacia lo alto, ese firmamento doblemente encendido que no conoce noche verdadera. Hace horas que la siento inquieta. Su aura se contrae, como si un eco la llamara desde muy lejos.
—No puedes irte —le digo. Mi voz suena más frágil de lo que quisiera.
Ella baja la mirada. En sus ojos, el reflejo de los tres soles parece un incendio líquido.
—Han entrado en mi cielo, Naamah —responde. Su tono es sereno, pero el aire se crispa.
—¿Quiénes?
—Alguien que viene desde el vacío.
—No pueden llegar tan pronto.
—Lo ha hecho…
No hay discusión posible. Su cielo es su territorio del alma, el espacio donde su especie canta el orden de los vientos. Si alguien lo profana, debe volver.
Lo entiendo. Pero eso no alivia el vacío que me deja al extender las alas y elevarse, cortando la luz en tres.
Una de sus plumas cae frente a mí: negra, fría, vibrante. La guardo. No como amuleto, como deuda.
* * *
Mis hijos e hijas me esperan. Algunos nacieron en la Peregrinus, otros los recluté al inicio. Me miran con una fe que no merezco. Han escuchado las historias de las eras, los templos, los dioses antiguos. Aún piensan que soy uno de ellos. No saben que se marcharon hace mucho, que yo me quedé porque no supe adónde ir.
Intento sentir la corriente del maná, el flujo que antiguamente respondía a mis manos. En Britania bastaba pronunciar una sílaba y el agua se detenía. Aquí, la magia se disuelve. No la recuerdo. Es como intentar hablar una lengua que mi voz olvidó. Cierro los ojos, respiro, murmuro las sílabas de antaño.
Nada.
El maná se esfuma, como humo entre los dedos. El planeta me observa en silencio, indiferente. Esta naturaleza no me reconoce como su hija. Soy una intrusa en su léxico.
* * *
Las señales desde los antigrav llegan al caer el segundo sol: columnas de humo en el horizonte. Los Æsir se mueven deprisa, casi invisibles, sin más ruido que sus flechas; cortan el aire, silban. Donde caen, el sonido gime.
Mis hijos se agrupan. Empuñan pistolas y rifles de asalto. No entienden que nada de eso sirve contra los Æsir. Su poder hiere la carne; y disuelve la memoria. Una sola flecha podría hacerme olvidar mi propio nombre.
—Atrás —ordeno. La voz me tiembla, pero suena firme.
Ellos obedecen. El miedo aún no les ha dominado del todo. Los Æsir aparecen sobre la llanura: figuras altas, difuminadas, envueltas tras la espesura. No traen odio, solo propósito. En su silencio reconozco el sonido del fin.
Intento convocar el fuego antiguo. Las sílabas me salen rotas, las consonantes se niegan.
Siento la energía rozarme, dispersa, como si dudara de mi identidad. El maná está aquí, pero no me conoce. Mis gestos son los de una extranjera.
Una flecha cae cerca. No duele.
Solo roba algo: el sonido a mi alrededor.
Intento comandar y no puedo. Sé que vocalizo, que grito, pero las ondas se diluyen en la magia como tinta en el agua.
Así empieza la derrota.
* * *
Retrocedemos hacia las dunas del sur.
Las sombras son dobles, doradas y rojas. El primer sol ya cae, el segundo titila en el horizonte. Aún hay luz suficiente para ver cómo el mundo entero parece un espejo líquido. Las columnas de humo se reflejan en el aire.
Pienso en Lilith. Hace siglos que no siento su voz. No sé si vive, si recuerda, si alguna vez me perdonó. Pero algo dentro de mí, una punzada leve, me dice que no está aquí. Que su latido vibra más allá, en otro cielo, donde ninguno de nosotros puede aún llegar.
Quizá en un sueño que todavía no existe.
Los Æsir avanzan sin prisa. No huyen, no temen, solo esperan. Son la frontera del cosmos puesta en movimiento. Yo solo soy un bagazo, una reliquia obstinada. No me odian. Eso es lo que más hiere; me ignoran.
El olvido es su victoria.
* * *
El segundo sol se oculta. Solo queda el brillo ámbar del tercero, como un hilo de oro derramado en el cielo. Dos acólitas se detienen a mi lado.
—Madre, ¿qué haremos? —pregunta Nakamura, temblando.
—Recordar —respondo.
Recojo un puñado de arena, la aprieto hasta que la sangre brota entre mis dedos. —Si la magia no me recuerda, la memoria lo hará.
Trazo en el suelo el signo más antiguo que conozco. Una espiral. La línea de retorno.
El aire cambia. Por un instante, el viento se curva. El planeta duda.
Y en ese titubeo respiro.
El poder no regresa, pero me concede una sola gracia: el brumar del mar, lejano, imposible. Un eco de la Tierra.
Las flechas se detienen a unos metros, suspendidas en la penumbra. Tal vez los Æsir también escuchan. O tal vez solo esperan.
Alzo la vista.
La luna —la nueva, la ajena— se alza entre los dos soles que agonizan. La luz se mezcla, blanca y roja, sobre la arena. Parece una herida abierta en el cielo.
Y por un segundo, creo ver en su resplandor la silueta de Akhekhu cruzando el firmamento, llevándose consigo un fragmento de mi esperanza.
* * *
Respiro hondo. El aire sabe a polvo y a comienzo. Todavía no sé si este mundo nos acepta, pero mientras quede una sombra que me recuerde…
Y, entonces, un par de figuras se acercan. Un Æsir y un adolescente con traje de vacío.
—Señora, llevan bandera blanca —comienza a informarme Sakura Nakamura…
