«La búsqueda de Jhys en el reino».

 

El Elemental de Fuego se atenuó a media llama, como si alguien hubiera pronunciado un nombre prohibido dentro del brasero.

La Æsir no lo forzó. Puso dos dedos sobre el aire caliente, a un suspiro del carbón, y esperó: compelía al mundo reconocerla. No debía extraer la magia; en Ljusalfheim, esta se negociaba. Espíritus conscientes habitaban cualquier parte —agua, tierra, aire, fuego— y los árboles guardaban memoria, como si la savia fuera escritura.

La Magia era la ocupación más respetada por su pueblo y Jhysdara aspiraba a liderar a esos magos.

Mylriventh dejó de afilar su hoja. La piedra cesó el canto contra el acero. A su lado, el hechicero humano trazó una línea de ceniza, la cortó con sal y canalizó.

—Hay silencio impuesto. Eso no nace del bosque. Lo hacen los míos.

Tras escuchar a Nidakul, Jhysdara tocó una brizna de viento. El elemental pasó al aire y les devolvió sonidos guardados: pisadas ligeras, una risa dulce, el comienzo de una canción inconclusa.

 —Nimue —aventuró Mylriventh, aunque doliese.

Ella asintió, una sola vez.

*    *    *

El bosque observó, sin pupilas. Chasquidos de ramas, susurros de raíces. Espíritus menores, agazapados entre piedras semienterradas. En los claros, el cielo se abría y el planeta recordaba su rareza. Había tres soles —no siempre juntos—; la luz llegaba por turnos. A esa hora, uno blanqueaba las sombras; otro calentaba con engañosa dulzura; el tercero, apenas un farol rojizo detrás del cenit, donde la luna flotaba, devolviendo los brillos, como un espejo indeciso.

El punto azul reapareció y los guio lejos de los nudos Thara-pat. Jhys notaba esos cruces en las sienes: allí la magia era densa, afilada; los espíritus sufrían. En cambio, donde las líneas estaban separadas, el poder era fino, respirable… allí vivían tranquilos.

*    *    *

Al caer la primera noche, la luna reflejó un tono imposible, y el agua del campamento se negó a quedar quieta. Jhysdara se arrodilló junto a un charco del río decrecido y dejó la palma suspendida, sin tocarla.

—¿Réd?

El agua se alisó como en un crisol frío. Mostró manos lavándose con prisa, una máscara blanca en la penumbra, una voz susurrando con cariño envenenado: «No duele si confías». Luego, una sombra más pequeña apartándose, como si no quisiera mancharse… Nimue, o quien quedaba de ella tras recibir el Me.

 Mylriventh dio un paso sin permiso. El charco se tensó. Jhysdara lo detuvo con un gesto.

—Hannon.

El agua cedió.

Una risa seca sonó desde un tronco… una dríada se mostró lo justo. El roble habló con crujidos. Jhysdara respondió tocando la corteza del árbol vecino para dejar un pensamiento claro, humilde: busco a mi hermana; no quiero traer hambre a tu raíz. La respuesta subió cual savia por sus dedos indicando una dirección. Sur.

—Nos empujan —dijo el humano, observando cómo el punto azul se adelantaba con el nervio de un tifoncillo.

—Nos ponen a prueba —corrigió Jhysdara.

*    *    *

El cielo se oscurecía sin llegar a ser noche. No por nubes, por densidad. Las Thara-pat empezaban a acercarse, y el aire se llenó de auroras finas. Los espíritus se arremolinaban como enjambres; el punto azul titubeó.

—Aquí viven mejor —razonó Mylriventh. Jhysdara lo entendió.

Buscaban a las elegidas de la diosa. Damas de Sangre, favorecidas por el Me Ancestral. Poderosas… y a la vez, sedientas: Neriah en su máscara, Luxura y su escolta de caballeros. El perfume floral regresó, penetrante, ocultando otros aromas.

Acamparon frente a un desfiladero; la luna reflejaba dos soles a la vez, partida en tonalidades. Mylriventh se sentó sin hablar, y ofreció a Jhysdara un odre. Ella, tras beber, lo devolvió. La agasajó la normalidad del gesto, en un lugar tan hostil.

—Si la rescato… —comenzó Jhysdara, la frase quedó atascada. Con un sonido limpio, Mylriventh desenvainó la espada.

—Si lo intentas, no estarás sola, lo prometo.

Jhysdara lo miró, callada. En Ljusalfheim, «promesa» era un compromiso eterno. Apoyó su mano sobre la de él un instante, preguntando.

Mylriventh la cerró, aceptando.

Nidakul no pudo evitar pensar: «¡Acostaos ya!», mientras recordaba a Luxura, quien ahora casi seguro follaba con su hermano gemelo Nergal.

*    *    *

El siguiente viaje los adentró en el lugar, una garganta de roca antigua, vieja hasta el punto de forzar a los espíritus a hablar en arrullos. Allí, el aire no temblaba por la magia: temblaba por una presencia mayor.

—Lutīyā —susurró Mylriventh; su voz no sonó segura.

El patriarca dragón no apareció.

El suelo latió. La piedra recordó el calor del origen. Y, desde la oscuridad, una voz mágica llenó el desfiladero

—Decid qué queréis antes de mentir.

Jhysdara dio un paso.

—Quiero a Nimue. Libre.

El silencio pesó por un momento.

—¿Y aquella a quien llamáis diosa?

El nombre, no pronunciado, ardió en la lengua de Jhysdara: Ninhursag, «la Ancestral».

—Ella nos concibió. Nos cambió. Pero se llevó a mi hermana.

—Poder crear algo no implica divinidad —sentenció Lutīyā—. Vuestra impostora no descendió, llegó. Los espíritus no la adoraron; la temieron por su saber. Artesana. Viajera. Y también… ladrona. Ha jugado desde el inicio…

Mylriventh miró a Jhysdara, vigilando evitar la revelación si la partiera. Ella cerró los ojos un instante. Al abrirlos, la rabia cesó.

—¿Dónde está La Dama Negra? —preguntó por Lilith.

—En Albión, adonde la magia hiere a los espíritus —respondió Lutīyā—. Cree puro el poder de ese lugar. Pasa por alto lo esencial: el dolor… habla.

*    *    *

La luna reflejó una sola luz, como si el cielo eligiera una verdad.

—He vivido buscando una diosa —dijo Jhysdara, más al aire que a ellos—. Y eran solo… las crucetas de una titiritera.

Mylriventh rozó sus dedos. Jhysdara entrelazó su mano con la suya.

—¿Entonces, ya nadie te escribe el destino?

—No —respondió ella—. Ahora lo decidiremos nosotros.

Y el desfiladero, repleto de espíritus atentos y elementos con memoria, los dejó seguir en dirección sur. Hacia el lago adonde la magia rebosa, adonde la sangre tienta… y adonde una hermana esperaba, no como aliada, sino enmascarada.