«Francés pobre, almanseño rico».
Yusuf jamás hubiese imaginado encontrarse sentado sobre un tesoro…
Yusuf Ben Ali había «bajado al Reino» por la Cañada Real desde Teruel, como cada invierno, con sus ovejas merinas. El pastor mozárabe, sentado en una piedra plana, observaba en ese momento el cerro elevado —roto por barrancos— donde se asentaba una antigua alquería, el Manzíl-Ata, cerca de los restos del acueducto romano.
Se rumoreaba que esa alquería era propiedad de Isaben Muzaben Said apodado «Manzelí», un alto jurisconsulto de la ciudad de València y también su residencia.
En sus cercanías confluían la mayor parte de acequias andalusíes de la vega del Guadalaviar, como la de Favara, la de Tormos o la de Mestalla. Por lo que su gente conocía la zona como misculata, que significaba «mezclada».
Yusuf Ben Ali había «bajado al Reino» por la Cañada Real desde Teruel, como cada invierno, con sus ovejas merinas. El pastor mozárabe, sentado en una piedra plana, observaba en ese momento el cerro elevado —roto por barrancos— donde se asentaba una antigua alquería, el Manzíl-Ata, cerca de los restos del acueducto romano.
Se rumoreaba que esa alquería era propiedad de Isaben Muzaben Said apodado «Manzelí», un alto jurisconsulto de la ciudad de València y también su residencia.
En sus cercanías confluían la mayor parte de acequias andalusíes de la vega del Guadalaviar, como la de Favara, la de Tormos o la de Mestalla. Por lo que su gente conocía la zona como misculata, que significaba «mezclada».
* * *
El tiempo pasó. Esa alquería se mantuvo inmutable en el camino que conducía a Requena, conocido como carretera de las Cabrillas. Ya en tiempos de la Reconquista, el rey Jaime I la entregó a varios de sus caballeros. La alquería, el castillo, tres molinos y varias jovadas de terreno.
El pueblo de Mislata fue surgiendo desde entonces, con la morería anexionada como residencia de los mozárabes y las casas de los señores alrededor del carrer de les Christians, de dalt y de avall. En tiempos de Pedro Ximénez de Urrea, X conde de Aranda, se abandonó el Castell de la morería como residencia del señorío y esta pasó a la Casa Gran.
Allí se encontraba ahora Jérôme Blanc, assistant d'artillerie, bajo el mando del Mariscal Moncey.
El oficial no lo miró siquiera al hablarle; sólo señaló el camino de las huertas con la punta de la fusta.
—Jérôme, prends le char. Des pierres. Autant qu'on pourra en trouver. Parce que demain, il nous faudra ancrer les canons —escupió.
Jérôme obedeció al capitán con la docilidad de quien ya no discute ni la sed. Enganchó el carro, sintió crujir la madera húmeda y bajó por la senda donde el barro olía a estiércol y a azahares.
Buscó piedras grandes, de esas que rompen el lomo al levantarlas. En la linde de un bancal halló una, más plana que las otras. Metió la palanca, tiró… y la piedra cedió con un suspiro viejo. Debajo había una marca y tierra apretada, oscura, como si alguien la hubiese sellado con prisa siglos atrás.
Jérôme, que había saqueado graneros y visto morir hombres, sintió una superstición súbita.
—Allons… —murmuró, y se puso a escarbar con las uñas; tras notar que había algo, siguió con la bayoneta.
Tardó. La tierra parecía querer resistirse a su esfuerzo. Al fin, la punta chocó con algo duro. Cuero que ya no lo era: un pellejo viejo, barroso, pero todavía guardaba forma de bolsa. Al levantarlo, se desmoronó entre sus dedos… El sol, con una crueldad limpia, encendió el metal.
Veintidós áureos de oro, la mayoría octavianos; quince denarios de plata; y treinta sestercios acuñados en Celsa. Las caras romanas, severas, lo miraban como si la historia le hiciera una seña.
Jérôme tragó saliva. Metió las monedas en el forro del capote, cosiendo a tientas con un hilo sucio, y luego —como si nada— cargó el carro de piedras. Cada pedrusco que echaba encima sonaba a coartada.
Volvió al pueblo al caer la tarde. Las calles olían a aceite rancio y a cocina cerrada. En la cantina, los suyos bebían como si el vino pudiera borrar a los muertos. Y allí, apoyada en un quicio, estaba Visanteta: falda de percal, mantón torcido, labios pintados con un rojo no festivo, sino de oficio.
—Mira’l francés… —canturreó—. Xe, soldadet, portes diners o només fam?
Jérôme aflojó unas monedas de su soldada, no del tesoro. Se permitió el calor de una mano ajena, un cuarto pobre, un rato sin uniforme. Visanteta reía con esa risa que no promete nada y lo cobra todo.
Entre risas y gemidos oyó, en la sala contigua, a dos suboficiales hablando sin cuidado.
—Nous entrerons par Cuarte à l'aube —decía uno—. La rue est un couteau. S'ils courent, ils n'y arriveront pas.
—Silence, imbécile —le corrigió el otro, tarde y mal.
A Jérôme se le heló la nuca. Salió del cuarto ajustándose el correaje, y al abrir la puerta de la calle se topó con un chiquillo flaco, trece años quizá, ojos vivos, ropa demasiado grande.
—Tú eres el gabacho de la carreta —dijo el niño, en castellano firme—. Te he visto hoy en las huertas.
—Va-t’en, gamin.
—No. Te he visto guardar lo que encontraste. Y tú vas a ayudarme. Si entráis por ahí, la gente… —calló, como si tragara algo—. Yo puedo correr. Pero necesito que alguien me abra paso.
—Comment t'appelles-tu, garçon?
—Cebrián.
Jérôme miró alrededor: sombras, persianas, miedo. El niño le miraba expectante. Y, sin embargo, había algo en su manera de mantener los hombros, de ocultar la venda apretando sus senos, de bajar la voz al final de cada frase.
—Déguisée? —preguntó Jérôme.
La cría dudó. Luego, como quien se arranca una mordaza, dijo.
—Así no me rebuscan. En verdad… me llamo Luisa Ferrer de la Riva i Cebrián.
Se quitó la gorra. Un mechón de pelo rubio escapó, y el aire frío le besó la frente sudada.
—De quoi as-tu besoin?
La niña dudó, como si no acabara de comprender.
—Ajuda?
»De què?
—Los tuyos van a atacar Valencia al alba. Por la puerta del carrer Cuart. Lo he oído. Si no me ayudas, te delataré.
—Com?
La chica mostró un trozo de tela valenciana de color encarnado.
—El Palleter. Llévame a Valencia, yo sola no llegaré.
Jérôme miró hacia la sombra donde dormían sus compañeros, hacia la línea donde iba a romper el día. Pensó en que al amanecer podría morir, rico.
—J'ai jà triat. Je choisis de vous aider, t’ajudar, pas de tuer.
* * *
Almanseño acabó siendo.
Esa noche desertó, ayudó a la muchacha a entrar en la ciudad, al amparo de la oscuridad. «¡Vixca Ferran VII, y muiguen els traïdors!», escuchaba gritar tras los muros.
