«Última vez».
Abres los ojos, estás en pie, con ambas botas clavadas en lo que parece un estrecho camino embarrado entre surcos. Esta noche no hay acequia cantando. No hay grillos. Solo un zumbido grave, como si la oscuridad tuviera un corazón enorme latiendo bajo la tierra. La luna llena está ahí arriba, pero no ilumina casi. Te da la sensación de que, si das un paso, el astro sabrá, con exactitud, qué pie has movido.
Te miras las manos para comprobar que sigues siendo tú… y ves el hollín en los dedos, el tizne bajo las uñas.
Una extraña sensación te recorre la espalda. No proviene de un movimiento. Ni de un ruido. Es más bien una intención.
La piel se te eriza antes de poder girarte. Y, cuando al fin lo haces, la niebla del camino se abre como lo haría una cortina.
Sabes que está allí.
No igual que antes. Esta vez no parece un recuerdo. Sino una cita.
El coronel viste su azul apagado, pero el uniforme exhibe una humedad que no es de lluvia, sino del purgatorio. El oro de las charreteras sigue sin brillar; parece oropel. Y el bicornio… el bicornio tiene esa mancha oscura, reseca, como tinta vieja. La tela hundida. El mismo punto. El mismo error.
Y sus ojos —esta vez sí— te miran con algo peor que pena.
Lo hacen con hambre.
No abre la boca, pero lo escuchas dentro como si te lo susurraran desde el fondo de un pozo:
«Esta vez vengo a llevarte a los infiernos conmigo».
La voz resulta antinatural; ya no habla en napolitano. Sientes que el estómago se te cae. Intentas retroceder y el barro no te deja. Es como si el suelo hubiera aprendido tu culpa y la usara para atarte.
El coronel avanza sin pisar tierra, levita. Cada metro que recorre no suena, pero el aire se vuelve más espeso, y la niebla te sube por las piernas, como manos frías que salieran del suelo, que te atrapan, buscan rodillas, cintura y, más arriba, tu garganta. Ves, detrás de él, sombras de soldados entre naranjos que no deberían estar tan altos: filas enteras, quietas, borrosas, esperando. No te miran. Te cuentan su historia con voces anónimas.
—¿Creíste que sobreviví a la herida?
—¡Morí por tu culpa!
—¡Me asesinaste!
Son voces todas distintas, irreconocibles, pero de ultratumba. Y se repiten en un eco eterno.
Intentas rezar. No recuerdas una sola palabra. No a causa de que no la sepas, sino porque el sueño te las roba en la lengua. Abres la boca y solo sale tu aliento, blanco, como humo de pólvora que huele a azufre. Azufre del infierno.
El coronel se detiene a dos pasos. Muy cerca. Demasiado. Y con una calma insoportable levanta un brazo y señala tu mano derecha.
Señala tu dedo índice.
El dedo tiembla solo, traicionero. Tu cuerpo lo delata incluso cuando tú quieres negarlo.
«Vengo a por tu alma».
La frase te atraviesa como una aguja helada. Y entonces el sueño cambia de golpe, como si alguien hubiera girado una página con violencia.
Ya no estás frente a él.
Estás detrás del Ferguson.
No lo tenías. No lo querías. Pero lo tienes, encajado en el hombro, pesado, inevitable. El cañón apunta hacia su rostro como una sentencia escrita por otra persona. Intentas bajarlo. No puedes. Intentas soltarlo. No puedes. Sientes que el arma no está en tus manos; es parte de la historia.
El coronel no se aparta. No huye. No se defiende.
Solo te mira y, por primera vez, su expresión se quiebra en algo que te da más miedo que el odio: una serenidad absoluta, como si supiera que el disparo ya ocurrió y va a ocurrir siempre.
Y entonces, muy despacio, inclina la cabeza para enseñarte el punto hundido del bicornio, como quien te obliga a leer una firma.
La luna, arriba, se vuelve más blanca. Más cercana. Más grande. Como un ojo que se abre del todo.
Tu dedo índice aprieta.
No oyes el disparo.
Pero tu hombro lo siente igual: el golpe seco, el retroceso, el aire arrancado de tus pulmones. La niebla entra de golpe, te llena la boca, la nariz, los ojos. No puedes respirar. No es agua: es culpa.
En el último instante, antes de ahogarte del todo, oyes su voz —esta vez sí, como si estuviera junto a tu oído—, cálida y terrible:
«Ahora vienes conmigo».
Si lo hubieses interpretado bien, tal vez habrías disparado a Nazario a la cabeza, tal vez entonces no te hubiese devuelto el disparo él, y ahora tu vida no estaría a punto de terminar con la muerte temprana, con tan solo 25 años…
Cuando creíste comenzar a ver la luz al otro lado. Oíste algo, un acento francés que sonaba familiar…
«Luisa, Luisa, resiste, por favor. No puedo perderte. No ahora».
Y entonces desperté.
De golpe, sentada, con la garganta abierta buscando aire, como si me hubieran enterrado viva. La habitación no era la mía, pero el olor a tierra mojada seguía ahí. Me miré las manos, apretadas en puños, y tardé un segundo en encontrarme el dedo índice.
Temblé. Lo doblé contra la palma con una fuerza absurda, como si partirlo pudiera romper también el hechizo. Como si, por fin, pudiera impedir que él volviese… a por mí, o a por quienes me apoyan, a quienes amo.
Vi el rostro de Jérôme, preocupado. Y pensé: «Tal vez a por ti».