«Claire».

Claire de Varnes entró al castillo en noviembre. Los árboles habían perdido ya casi todas sus hojas y el jardín del pensionado presentaba ese desorden triste de la tierra removida y los setos desnudos. Tenía trece años y educación suficiente para entender que la decisión no había sido suya. Su padre, hombre grave y exacto, había juzgado conveniente completar allí su formación; su madre, más inclinada a la ternura que a la resistencia, se había resignado con lágrimas discretas. Así, en pocos días, Claire cambió la casa familiar por una institución donde todo parecía dispuesto para corregir no solo las faltas, sino también el carácter.

El orden en el Château d’Écouen era minucioso. Había horas para la oración, para el estudio, para el bordado, para pasear. Las alumnas debían sentarse con la espalda recta, responder sin alzar la voz y bajar los ojos cuando una profesora les dirigía la palabra. Nada de aquello la sorprendía; lo que sí le sorprendió fue advertir hasta qué punto la disciplina descansaba en una sola persona.

Sor Petra de Montfort era la subdirectrice de la casa educativa y, en la práctica, su verdadera dueña. No tenía la elocuencia de las mujeres arrebatadas ni la aspereza vulgar de quienes alzan la voz para imponerse. Su poder procedía de una frialdad constante, de una vigilancia sin desfallecimiento, de aparecer en cualquier parte con paso silencioso y el hábito sin una arruga. Con su presencia en un aula, las conversaciones cesaban por respeto y precaución.

La primera tarde reunió a las alumnas mayores en la sala de labor. Habló del recato, de la obediencia, del peligro de una imaginación ociosa. Al concluir, añadió que quedaba terminantemente prohibido acercarse al archivo del ala norte. Nadie debía entrar allí ni preguntar sobre los documentos guardados en aquella dependencia.

Claire no pensó mucho más en ello hasta días después, con la desaparición de Lucile Martain. Lucile ocupaba una cama próxima a la suya y poseía esa alegría fácil que, en lugares sombríos, parece a veces una forma de insubordinación. De un día para otro dejó de asistir a clase, no apareció en el refectorio y no salió al recreo. Cuando una niña preguntó por ella, sor Petra respondió que estaba siendo corregida por una falta grave y que el ejemplo podía ser útil a las demás.

Claire no quedó satisfecha. La explicación le pareció demasiado rápida, demasiado limpia. Recibió un poco más de aclaración por parte de Adèle Rico, una muchachita de doce años, tímida durante el día y locuaz en la oscuridad del dormitorio. Entre vacilaciones, le contó que Lucile había recibido una carta de su hermano y que sor Petra se la había quitado. Lucile protestó; aquella misma noche, la religiosa de la Madre de Dios se la llevó. Adèle añadió, con el temor de quien delata algo prohibido, que no era la primera vez; las niñas mayores eran más corregidas. 

Durante dos días intentó convencerse de que nada podía hacer. La prudencia, tal como se la habían enseñado, consistía en no exponerse inútilmente. Sin embargo, cada vez que pensaba en Lucile, aislada, aquella prudencia le parecía menos una virtud que una cobardía bien adornada.

Algo ocurrió al tercer día. Madame Béatrice, encargada de la biblioteca, era una anciana de manos temblorosas y aspecto inofensivo, una de esas mujeres a quienes nadie atribuye voluntad propia. La llamó esa tarde para ordenar un estante y, mientras Claire alineaba los volúmenes, dejó sobre la mesa una llave pequeña, ennegrecida por el uso.

—Hay puertas —susurró— que solo permanecen cerradas porque todos lo aceptan.

No dijo más. Se alejó con su paso lento, como si nada.

Aquella noche, cuando el dormitorio quedó en silencio, Claire se levantó, se cubrió con un chal oscuro y salió al corredor. La casa tenía de noche una solemnidad hostil. Las losas devolvían el frío a través de las suelas, y cualquier crujido parecía una denuncia. Al llegar al ala norte, tuvo que contener un temblor de impaciencia al comprobar que la llave no giraba a la primera. Cedió al fin con un chasquido seco.

El archivo era estrecho y olía a polvo, tinta y a humedad. Había registros, libros de cuentas, cuadernos de conducta. Durante un instante temió haber errado. Después vio, al fondo de un armario, una caja de nogal sujeta con una cinta. La abrió. Dentro reposaban sobres rasgados con un orden meticuloso, casi administrativo: cartas de padres, de hermanos, de tutores, algunas recientes, otras fechadas meses atrás.

No tuvo tiempo de examinar más. Oyó un ruido a su espalda y, al volverse, encontró a sor Petra en el umbral, con un candelero en la mano. La llama iluminaba su rostro de una dureza casi pétrea.

—De modo que eras tú.

No había sorpresa en su voz, sino una satisfacción helada, como si una sospecha antigua acabara de confirmarse. Cerró la puerta y avanzó un paso. Claire comprendió, con una claridad repentina, que pedir perdón sería inútil.

Apretó la caja contra el pecho, abrió de nuevo la puerta y corrió. Oyó tras de sí el roce rápido del hábito, llegó a la campana antiincendios que colgaba junto a la escalera principal y tiró de la cuerda con todas sus fuerzas.

El sonido rasgó la quietud del edificio. Se encendieron luces, se abrieron puertas, acudieron institutrices, maîtresses y demoiselles. Cuando la directrice apareció, halló a Claire pálida, sin aliento, con los sobres desparramados a sus pies.

Sor Petra intentó explicar, matizar, invocar el deber. Sus palabras fueron perdiendo firmeza a medida que la evidencia se imponía. Madame Béatrice habló entonces, y su testimonio terminó de deshacer lo que la otra pretendía sostener.

Lucile fue sacada de su encierro aquella misma noche. Después, todo ocurrió con la sobriedad propia del castillo: una investigación discreta, una destitución sin escándalo, órdenes nuevas dadas en tono bajo. Pero el cambio pareció real. Las cartas comenzaron a entregarse cerradas. Y Claire, sin vanidad y sin júbilo, entendió que había dejado atrás una parte de sí misma.