«La nueva aliada».
A la mañana siguiente, Éléonore asistió a clase de música sin oír una sola nota.
Las manos de Adèle pulsaban el clavecín con esa exactitud fría que tanto alababan las monjas; sor Béatrice marcaba el compás con dos dedos secos; las demás aguardaban su turno con la espalda recta, la paciencia fingida. Éléonore, en cambio, solo pensaba en la galería de retratos, en la figura inmóvil que la noche anterior había escuchado desde la penumbra.
Cuando por fin las dejaron salir, no buscó a Luisa con la mirada. Cruzó el corredor con las demás, fingió ajustarse un guante y giró.
Hacia la galería, una de las partes más frías del château. Donde retratos colgaban en fila, vigilando con ojos barnizados. Tras los ventanales, la nieve convertía el jardín en una extensión discreta.
Luisa ya estaba allí.
No estaba sola; junto a ella esperaba Claire de Varnes, una muchacha normanda de catorce años, tan tímida que parecía pedir perdón antes de hablar. Éléonore apenas la conocía, salvo por un detalle: a veces, ayudaba con la correspondencia a sor Angélique.
Claire frotaba sus manos heladas.
—Ha sido ella —aseveró Luisa.
Éléonore miró a Claire.
—¿La carta?
Claire asintió y, al hacerlo, pareció a punto de echarse a llorar.
—No quería asustaros. Solo… solo creí que debíais saberlo.
—¿Saber qué? —preguntó Éléonore.
La muchacha tragó saliva.
—Sor Angélique abre algunas cartas. Solo las que le parecen sospechosas. Copia fragmentos en un cuadernillo que guarda en el cajón de su escritorio. Hace tres días vi una carta para mademoiselle Ferrer. La leyó entera. Luego habló de ella con el abad de Saint-Martin.
Éléonore sintió incredulidad, luego ira y, por último, vergüenza. No porque fuese imposible, sino porque en el fondo no la sorprendía del todo. En Écouen la vigilancia siempre había existido; ahora tenía cara.
—¿Y el jardín del oeste?
—Allí hacen pasear internas, a solas, cuando quieren hablarles sin que otras oigan.
El primer obstáculo quedaba resuelto. Pero, al comprenderlo, vio también lo peor.
Tiempo límite, domingo, con la visita del abad y las patronas.
Antes, buscarían la confirmación.
—Tenemos que ojear ese cuadernillo.
Claire alzó la cabeza, espantada. —Si me descubren, me expulsarán.
—Y si no hacemos nada —repuso Luisa—, quizá hagan algo peor.
Claire asintió.
Lo hicieron aquella misma tarde, durante la hora de costura. Claire entretuvo a sor Angélique dejando caer una caja de hilos; Luisa la retuvo con una pregunta sobre el repertorio del domingo; y Éléonore entró sola en la sala de estudio.
La sorprendió su propio atrevimiento. Había pasado años llamando prudencia a la docilidad: callar, obedecer, elegir siempre el gesto menos costoso. Aquella tarde comprendió que la prudencia podía ser diferente: en vez de rehuir el peligro, decidir qué riesgo valía la pena asumir. Abrió el cajón.
Dentro encontró el cuadernillo, varias cartas abiertas y una hoja con nombres de alumnas. Junto al de Luisa había dos palabras: Barón, Valencia.
Guardó el cuadernillo bajo el delantal y salió con paso sereno.
Aquella noche las tres lo abrieron, detrás del armario de ropa blanca, alumbradas por una vela. Claire lloró al reconocer la letra de sor Angélique. Había copias de cartas, observaciones sobre varias alumnas y notas destinadas al abad. Sobre Luisa no había mucho, pero sí datos: origen, reserva, evasivas, correspondencia inusual.
—Con esto basta para apartaros el domingo —murmuró Luisa.
—O para haceros hablar —corrigió Éléonore.
Ese era el segundo obstáculo: el abad acudiría igualmente. Y saberlo ya no era suficiente: habría que evitarlo.
Claire quiso devolver el cuadernillo y fingir ignorancia. Luisa propuso quemarlo.
Eléonore negó con la cabeza.
—Si desaparece, buscarán culpables. Si aparece mermado, también. Hay que darle otra historia.
La idea fue suya.
El domingo, durante la recepción, Claire dejaría caer que había visto a Henriette Lavoisier rondando la sala de estudio. Henriette, altiva y poco querida, resultaba una sospechosa verosímil. Mientras tanto, Éléonore arrancaría las páginas relativas a Luisa y copiaría otras nuevas: notas vagas e inocuas, lo bastante mediocres para no despertar interés.
Lo más difícil no fue imitar la letra de sor Angélique. Fue aceptar lo que aquello exigía: mentir con cálculo, comprometer a otra alumna, usar la inteligencia no para brillar, sino para desviar el golpe.
El domingo llegó con campanas, cintas almidonadas y peinados tirantes.
Las jóvenes tocaron, recitaron y sonrieron. El abad paseó entre ellas con una cortesía viscosa; sor Angélique lo acompañaba; las patronas aprobaban cada reverencia con leves inclinaciones de cabeza. Todo parecía intacto.
Cuando empezó a correr el rumor sobre Henriette, bastó una chispa para tensar el aire. Sor Angélique salió del salón unos minutos. Al volver, estaba más pálida. No dijo nada, pero evitó acercarse a Luisa.
Éléonore comprendió que había funcionado.
Aquella noche, Henriette fue interrogada. No la expulsaron; no encontraron pruebas. Pero el cuadernillo desapareció y el abad se marchó al día siguiente sin pedir hablar con Luisa a solas.
Los dos obstáculos habían sido vencidos. No limpiamente, aunque sí por completo.
Dos días después, Henriette se cruzó con Éléonore en el corredor y le dirigió una mirada larga, menos airada que decepcionada. Claire volvió a encerrarse en su timidez. Luisa, en cambio, empezó a mirarla de otro modo.
Con reconocimiento.
Una tarde, cuando la nieve comenzaba a derretirse en los bordes del patio, Luisa le dijo:
—Creía que siempre elegiríais lo más seguro.
Éléonore sostuvo la mirada.
—Yo también lo creía.
En aquella respuesta había una pérdida, pero también una conquista.
Había aprendido que la obediencia no siempre preserva la inocencia; a veces solo la pone al servicio de otros. Y había comprendido que el valor no siempre se parece al ardor. A veces se parece a una mano firme copiando una letra ajena, a una mentira dicha en el instante justo, a una amistad que deja de ser cómoda para volverse leal.
Semanas después, cuando volvió a ver pasar una bandeja de cartas por el salón de labores, no la miró igual.
Sabía que el château seguía siendo el mismo.
Sin embargo, ella, ya no.
