«Las cartas...»
La carta llegó al Château d’Écouen en una mañana de escarcha, mezclada con la correspondencia de madres devotas, una tía enferma y una modista de Pontoise que reclamaba el pago de unos encajes.
La hermana Angélique la apartó casi sin mirarla. El sobre no llevaba lacre ni blasón; solo un nombre escrito con letra firme:
«Mademoiselle Éléonore de Villiers»
Habría sido una carta más si Luisa, sentada junto al ventanal del salón de labor, no hubiera alzado la vista al verla pasar. Apenas empalideció, pero Éléonore lo notó. En otras muchachas, el sobresalto nacía en la boca; en Luisa empezaba en los ojos y se apagaba enseguida, como si el orgullo lo sofocara.
La española siguió cosiendo.
Éléonore hizo lo mismo y bajó la cabeza sobre el bastidor.
A su alrededor, el salón repetía su rutina: el roce de las faldas, la tos leve de una alumna constipada, la voz de sor Béatrice corrigiendo una postura, el crepitar del fuego en una chimenea demasiado grande para calentar del todo aquella estancia de techos altos y paredes severas. Más allá de los cristales, los jardines del château aparecían blancos y rígidos, los setos recortados como si hasta la nieve hubiera obedecido una consigna.
En Écouen casi todo parecía obedecer una consigna.
Las jóvenes caminaban de dos en dos, rezaban a la misma hora, leían lo permitido y reían poco. Aprendían música, doctrina, urbanidad y ese arte esencial de no llamar la atención. Algunas aceptaban aquellos barrotes hermosos sin resistencia. Otras, como Luisa, no.
Éléonore la había observado durante meses antes de tratarla de verdad. La española no buscaba agradar, no se quejaba, no mendigaba afecto. Soportaba el encierro con una impaciencia altiva que desconcertaba a las demás.
A Adèle de Montmorin le parecía soberbia. A Cécile d’Aubrac, exótica. A Henriette Lavoisier, peligrosa.
A Éléonore, en cambio, le parecía sola.
La carta no llegó a sus manos. Sor Angélique la dejó sobre la repisa del escritorio de la sala de estudio, junto a otras dirigidas a alumnas, con la intención de repartirlas después de la lección de catequesis. Pero al caer la tarde el sobre ya no estaba allí.
Desapareció entre vísperas y la cena.
No hubo escándalo. En una casa como aquella, los pequeños desórdenes se resolvían primero con silencio y luego con sospechas discretas. La hermana Angélique preguntó. Nadie sabía nada. La superiora frunció el entrecejo. Las alumnas bajaron la mirada.
Aquella noche, en el dormitorio común, mientras el viento golpeaba los postigos, Luisa susurró desde su cama:
—Éléonore.
Ella abrió los ojos.
—¿Qué ocurre?
—Ven.
No era la primera vez que hablaban a escondidas, pero sí la primera en que Luisa sonaba apremiada.
Esperaron a que la hermana de guardia se alejara y a que el dormitorio se aquietara. Entonces Éléonore salió de la cama y cruzó descalza las tablas heladas.
Luisa estaba sentada, envuelta en su mantón. Tenía la carta en la mano.
—La cogiste tú —dijo Éléonore.
—Sí.
—Eso ya es una imprudencia.
—Va a vuestro nombre. Esperad a oír lo demás.
Le tendió el papel.
La carta era breve y parecía escrita con prisa.
No os fieis de quien os nombre delante de otros. No contestéis si preguntan por vuestra casa ni por vuestro padre. Si podéis, no salgáis sola al jardín del oeste. Hay aquí alguien que escribe fuera lo que oye dentro.
Si aún os acordáis de Boulogne, pedid ayuda a la valenciana. Necesito hablar con ambas antes del domingo.
No llevaba firma.
Éléonore leyó dos veces la última línea.
—¿Boulogne?
Luisa apartó la mirada.
—El bosque. Una caída de caballo. Yo acababa de llegar a Francia. Vos me ayudasteis a levantarme.
Éléonore recordó la sangre en el guante, la rabia de Luisa por haberse hecho daño delante de otros, su negativa a llorar.
—No sabía que eso contara como pacto.
—Ahora cuenta.
Éléonore volvió a leer la carta.
—¿Quién puede haberla escrito?
—No lo sé. Pero a mí me llegó una parecida hace poco.
—¿Y por qué previenen contra mi nombre?
Luisa pensó por un momento.
No respondió enseguida, y en esa demora había más costumbre que vacilación.
—Porque a veces un nombre basta para traer preguntas que una preferiría lejos.
—¿Creéis que es una trampa? —preguntó Éléonore.
—Creo que alguien aquí escucha más de lo debido.
En eso coincidió al instante. En Écouen los secretos duraban poco: demasiadas jóvenes juntas, demasiada vigilancia, demasiadas cartas abiertas con delicadeza y vueltas a cerrar con manos piadosas. Pero una cosa era el husmeo de colegio y otra aquella advertencia: no salgáis sola al jardín del oeste.
—¿Qué hay el domingo? —preguntó Éléonore.
—La visita del abad de Saint-Martin y las señoras patronas.
Eso lo complicaba todo. Los domingos de visita, el château se transformaba: se abrían salones cerrados el resto de la semana, las jóvenes tocaban el clavecín, recitaban y bordaban junto a las ventanas con una compostura ensayada. Era el momento perfecto para vigilar sin parecer que se vigilaba.
—Necesito saber quién nos ha escrito —dijo Éléonore.
—Y yo necesito saber quién nos escucha.
Callaron.
A lo lejos sonó una puerta. Luego, pasos. No en el corredor principal, sino más cerca. Demasiado cerca.
Los pasos se detuvieron al otro lado del dormitorio.
Éléonore apagó la vela con los dedos. La estancia quedó a oscuras. Solo la nieve, reflejada desde el patio, daba a los ventanales una claridad pálida.
La manija no bajó. Nadie entró. Pero alguien permaneció allí, quieto, como si escuchara.
Luisa le rozó la muñeca.
—Mañana, después de música —susurró—. En la galería de retratos.
Éléonore asintió.
Los pasos se alejaron por fin.
Poco a poco el dormitorio recobró sus ruidos: una respiración dormida, la madera crujiendo, el viento en los postigos. Todo parecía igual.
Pero ya no lo era.
Éléonore volvió a su cama y comprendió que, por primera vez desde su llegada a Écouen, las reglas de aquella casa no bastaban para proteger a nadie.
Y que, antes del domingo, alguna de las dos tendría que romperlas.
