«Amor en un tipi del Motel Wigwan».

Thomas la miró a los ojos; vio el cansancio oculto tras la chispa. Y algo más: la ansiedad de una operadora que acaba de perder un activo.

—Me quedo —dijo, casi en un susurro—, pero deberías ser más cuidadosa, cualquiera podría entrar.

Selena deslizó el scroll bajo la colcha, donde los algoritmos continuaron corriendo en silencio. El icono de Oculus buscaba señal sobre un alto en la meseta, no muy lejos de Window Rock. Cada tres segundos vibraba débilmente; cada tres segundos, Selena lo desoía y se concentraba en la calidez de Thomas.

Se sentaron de espaldas contra la curva interior del tipi, rodillas dobladas, compartiendo la manta. El viento golpeó el lienzo exterior y la estructura crujió. Thomas notó los dedos de ella tantear la costura de su chaqueta.

—Esta parte sí necesita aislamiento —bromeó. Le estaba palpando el pulso bajo la yugular, como un metrónomo.

—Confirmo fuga térmica —respondió ella—. Aplicaré un remedio inmediato.

El beso sucedió antes de que él acabara de sonreír. Fue un gesto menos vertiginoso que la noche anterior, pero más cargado de curiosidad, como si midieran combustión a temperatura de crucero, no en ignición explosiva. Entre caricias, el scroll vibró otra vez. Selena alargó la mano sin mirar y pulsó Snooze. Los mensajes se acumulaban:

Ping. «Oculus esperando nuevo punto de destino». Ping. «Señal débil: ¿enrutar?»

Ella se quitó el pinganillo para apagar el sonido y se apoyó en el pecho de Thomas.

—Te lo advertí: las montañas piden puertas —susurró—. A veces la puerta eres tú.

Thomas no entendió del todo, pero la calidez del cuerpo de Selena disolvió la pregunta. Afuera, la borrasca arreciaba; adentro, el aire se llenó de aliento compartido.

—Hablando de puertas…

Thomas cerró el pestillo con un leve chasquido, y el mundo quedó reducido a las paredes color hueso y al rumor del viento cargado de nieve. El aire de la habitación, templado por la lámpara de pie y un viejo radiador ruidoso, se estremeció cuando Selena apoyó la espalda contra la puerta y lo miró con fuego nuevo en los ojos.

Se acercó a él mientras desataba los botones de su abrigo, con la lentitud de quien despliega un hechizo. La prenda cayó a sus pies y el jersey de lana apenas ocultó la curva plena de sus pechos. Thomas la rozó primero con los nudillos, luego con la palma abierta, sintiendo cómo el tejido se humedecía de calor ajeno. Selena respondió deslizando la yema de su dedo índice por la línea del cinturón de Thomas, provocando un temblor que viajó por su vientre hasta aferrarse bajo la piel.

Las ropas fueron rindiéndose: la camisa se abrió como un libro viejo, el sujetador se perdió entre las sombras de la cama, los pantalones cayeron con un suspiro metálico del cierre rápido. Cuando al fin sus torsos desnudos se encontraron, el contraste entre la piel tibia y el aliento que aún exhalaban de los labios fue un relámpago exquisito.

Selena empujó a Thomas hasta hacerlo sentarse en el borde del colchón; se montó sobre él con las rodillas ancladas contra la colcha de grecas rojas y negras. Su cabello oscuro, suelto, le rozó el pecho mientras bajaba la boca hasta atraparle un pezón entre los labios. Thomas respondió dejándose caer hacia atrás, los dedos firmes en la cadera de ella, marcando el ritmo de un vaivén cargado de urgencia.

La tela de las braguitas era lo único que aún los separaba. Con un tirón suave, Thomas la corrió a un lado, lo justo para que sus dedos exploraran el calor sedoso que encontraron entre los muslos de Selena. Ella gimió, inclinando la cabeza hacia atrás; sus pechos se alzaron, orgullosos, bajo la luz temblorosa de la lámpara. Al sentirla estremecerse bajo su caricia, Thomas se incorporó y, sin romper el contacto, la hizo girar hasta dejarla tendida sobre el edredón.

Selena enredó las piernas alrededor de su cintura, acercándolo más, sintiendo el peso de él y la firmeza que le pulsaba contra el vientre desnudo. Sus labios se encontraron de nuevo, húmedos y decididos; las lenguas se entrelazaron como dos serpientes en danza ritual. Afuera, la nevada se había intensificado: la ventana vibraba con el choque de los copos contra el vidrio, un tamborileo que marcaba la cadencia de sus cuerpos.

Thomas descendió besando el cuello, el pecho, el vientre, mientras sus manos se aferraban a los muslos de Selena; los separó con la reverencia de quien abre las puertas de un templo. Cuando su boca halló el centro de su deseo, Selena se arqueó, y soltó un gemido que rivalizó con el aullido del viento. Entre lamidas suaves y círculos pacientes, él la condujo al borde ardiente del abismo; y cuando sus dedos se sumaron, ella dejó que su nombre escapara en un grito breve, cristalino, que pareció suspender la nieve a medio caer.

Sin darle respiro, Thomas volvió a besarla, y esta vez fueron sus caderas las que buscaron refugio entre las de ella. Se deslizó en un movimiento hondo, lento, que hizo que ambos soltaran un jadeo común. A partir de ahí, todo se volvió ritmo: el crujir del somier bajo sus embestidas, el golpe sordo de la cabecera contra la pared, el tintinear lejano del lavabo del baño como campanillas. Sus cuerpos, perlados de sudor, chocaban y se abrazaban, hasta que la pasión llegó a un punto álgido, un relámpago interno que los dejó temblando, aferrados el uno al otro mientras la nevada cubría el mundo exterior con un silencio más denso que cualquier pared.

Reposaron enredados sobre la colcha, el pulso todavía galopando en los oídos, las respiraciones mezcladas. Selena trazó pequeños círculos en el pecho de Thomas, y él besó la coronilla de su cabeza, saboreando el sabor salado de su cabello. El viento siguió soplando, pero dentro de aquella habitación circular solo existían sus latidos, el perfume de la madera calentada por el radiador y la promesa de volver a encender la libido antes de que la tormenta cesara.