«Amor, ¿platónico?»


Cuando le conocí, comprendí en el acto cuál sería mi desventura: él no estaba hecho para una vida tranquila, y precisamente por eso resultaba imposible no amarle.

No fue solo su fama, aunque su nombre ya entonces corría con esa mezcla de admiración y escándalo que le acompañaba por contrariar a su siglo. Fue también su presencia. Había en él una viveza difícil de explicar: un ardor contenido, como si aun en reposo estuviese dispuesto a emprender. Miraba de frente, hablaba con firmeza y, de cuando en cuando, se le ablandaba la voz con una dulzura tan inesperada que una mujer prudente debía huir de ella como de un incendio.

Yo no huí.

Me bastó una tarde para comprender que el peligro no era su causa, ni sus enemigos, ni siquiera la incertidumbre de su destino. El verdadero peligro era más íntimo: que, un hombre a quien admiraba con toda mi alma se volviese, además, deseable con todo mi cuerpo.

No debiera escribir esto, pero ahí reside la verdad de mi historia. Primero le admiré. Después temí por él. Luego empecé a esperarle. Y cuando advertí que mi pulso se alteraba al oír su voz cerca, supe que había perdido la serenidad para siempre.

Nos veíamos en compañía, como correspondía. Nada hubo que diese motivo a censura. Y, sin embargo, cada encuentro era un desorden en mí. Al acercárseme, sentía una agitación tan impropia de una señorita decente que me veía obligada a gobernar el rostro y las manos, como quien contiene a un caballo asustado. Si por azar sus dedos rozaban los míos, al pasarme un libro o al ayudarme a subir un peldaño, aquel accidente insignificante me dejaba abrasada durante horas.

Me avergonzaba de mí misma.

Había sido educada para no parecer ansiosa, para no mostrar inclinación antes de recibirla, para no consentir que el corazón se transparentase en los ojos. Una mujer debía inspirar afecto, no mendigarlo; debía ser elegida, no entregarse. Y yo, que conocía tan bien esas reglas, me descubrí deseando cosas que no podían nombrarse. Deseaba que se demorase a mi lado más de lo permitido. Deseaba que, al despedirse, me mirase solo a mí. Deseaba —Dios me perdone— saber si la firmeza con que sostenía su causa era la misma con que estrecharía mi cintura.

Cuanto más noble me parecía, menos lícito me resultaba sentir aquello.

Porque no era un joven ocioso. Era un hombre ocupado por su destino. Hablaba de libertad, de agravios, de continentes enteros puestos a riesgo. Yo le escuchaba con un fervor que al principio creí puramente espiritual; pero pronto advertí que no era solo su pensamiento lo que me subyugaba. Había momentos en que, mientras hablaba de sacrificio y honra, yo no podía apartar la vista de su boca. Y entonces me invadía tal mezcla de elevación y vergüenza que apenas atinaba a responderle.

Quizá él lo notó.

No porque fuese yo atrevida, sino porque me volvía torpe. Una noche, en Bayona, después de una velada larga, coincidimos unos instantes apartados del resto. No estábamos solos del todo; había luz en el corredor, voces al fondo, puertas entreabiertas. Pero para mí aquel breve intervalo tuvo la densidad de un secreto. Él me preguntó si temía por su empresa. Yo contesté que temía por él. Lo dije casi sin voz. Recuerdo que me miró con una gravedad tan honda que tuve que bajar los ojos.

—No debiera escucharme así —murmuró.

Yo debí retirarme. Debí responder con alguna frase discreta y volver junto a los demás. En lugar de eso, permanecí inmóvil, sintiendo que el silencio entre ambos decía más de lo que una mujer honesta debía tolerar. No me tocó. Ni hizo falta. La proximidad bastó. Su aliento, su sombra sobre la pared, el temblor vergonzoso que yo sentía en todo el cuerpo… Nunca me he sentido tan cerca de cometer una imprudencia. Tal vez solo en quedarme.

Levanté los ojos y hallé en los suyos algo que aún hoy no sé si fue ternura o combate. Entonces comprendí que el conflicto no era mío solamente. También él se resistía.

Aquello me dio valor y me hirió a la vez.

Porque desde ese instante ya no me bastó con admirarle ni con amarle castamente. Empecé a desear ser para él un refugio, una tentación, una memoria más fuerte que la guerra. Y, al mismo tiempo, quería seguir siendo digna de su respeto. Vivía dividida entre el impulso de acercarme y el deber de contenerme. Nunca fui tan artificiosa ni tan sincera como entonces.

El clímax de nuestra historia no fue un beso, ni una promesa, ni una cita clandestina. Fue peor: fue una renuncia.

Antes de partir, me habló con una franqueza que me dejó sin defensa. Me dijo que, de haber sido otro hombre, me habría pedido que le esperase en una vida quieta. Pero que, siendo quien era, no podía ofrecerme más que ausencia, peligro y un nombre perseguido. Al pronunciarlo, me sostuvo la mirada de tal manera que comprendí lo no dicho: que me deseaba lo bastante para marcharse.

Entonces supe, con la claridad terrible de ciertas revelaciones, que la fuente de mi amor —la admiración por su grandeza— era también la causa de mi desgracia. Yo le amaba porque era incapaz de quedarse. Si hubiese sido menos valeroso, menos hermoso en su empeño, tal vez habría podido pertenecerme.

No le rogué nada. Creo que en eso dejé de ser niña.

Cuando partió, lloré como lloran las mujeres a quienes no se les ha concedido ni la culpa entera ni la inocencia completa. Y, sin embargo, con el tiempo entendí el giro cruel de mi historia: nunca estuve más cerca de poseerle que en el momento en que le perdí. Porque entonces supe que no me había rechazado por falta de deseo, sino por obediencia a aquello mismo que me lo hizo amar.

Yo no fui una chica fácil. Fui algo más difícil y triste: una mujer que aprendió a amar justo cuando empezaba a arder.