«Doña Luisa Ferrer de la Riva i Cebrian».

 


Valencia, a 12 de abril de 1818

A su Excelentísimo e Ilustrísimo Señor,

don Gerónimo Castillón y Salas,

Inquisidor General de estos Reinos.

Mi venerado Señor:

Obedeciendo el mandato de Vuestra Ilustrísima, pongo por escrito las noticias recogidas acerca de doña Luisa Ferrer de la Riva i Cebrián, a quien desde hace pocos meses se da tratamiento de VI Baronesa de Mislata y la Morería. Es señorita aún y doncella, joven recién entrada en la veintena, y tiene esa presencia que en otros tiempos hubiera bastado para buscarle marido prudente, casa recogida y confesor severo. La naturaleza, que tantas veces sirve al escándalo con rostro amable, le dio hermosura clara, ojos atentos y compostura suficiente para que su atrevimiento no parezca tal ante los necios.

La vi una vez, de lejos, al salir de una casa de Valencia donde no entran mujeres sin propósito. Vestía con sobriedad, sin alarde de joyas, y aun así atraía las miradas de los hombres. Caminaba con el paso de quien ha aprendido a no pedir su sitio. Eso, en una doncella, resulta más inquietante que la vanidad. La vanidosa se delata pronto; esta escucha, sopesa y calla con prudencia.

La raíz de su condición parece venir de la niñez. En Mislata recuerdan todavía la muerte de su hermana mayor, María Dolores, llamada «Loli» en la casa. La niña Luisa quedó entonces colocada bajo un luto que no le correspondía enteramente y bajo unas expectativas que acaso nadie supo anticipar. He interrogado con discreción a personas antiguas del servicio. Todas convienen en que, desde aquella desgracia, se volvió más seria y menos dócil. No fue muerte pacífica de familia cristiana, según murmuran: hubo físico, un hombre extranjero traído con apresuramiento, hubo disputa con el sacerdote local y, al cabo, la hermana entregó el alma. Doña Luisa, que entonces tendría nueve años, vio demasiado. Desde tal jornada parece guardar contra ciertos ministros de la Iglesia un rencor frío, de esos que no gritan porque esperan.

Después fue llevada a Valencia, a la Real Casa de la Enseñanza. Allí debía aprender lo que conviene a las niñas de calidad: labores, urbanidad, recogimiento, gobierno doméstico. Pero las murmuraciones que he reunido dicen otra cosa. Buscaba colocarse cerca de ventanas y corredores para oír lecciones destinadas a varones. Historia, contabilidad, literatura, aun filosofía. La educación ordinaria no le bastaba. Quería entender el mecanismo de las cosas, y cuando una mujer quiere entender más de lo necesario, pronto querrá también decidir.

En aquella casa mantuvo amistad estrecha con Rosita Vélez, de condición inferior. La conserva todavía. No debe despreciarse ese vínculo por parecer doméstico. Rosita, casada ahora con José Gea, alguacil de la villa, le sirve de corresponsal en Mislata y Valencia. Las cartas entre mujeres pasan por inocentes, y justamente por eso resultan útiles. Bajo palabras de salud, partos, duelos y encargos de costura puede viajar media conspiración, sin que el portador nada sospeche.

La guerra completó lo que la niñez había torcido. Se habla de ella en Mislata con orgullo inconveniente. Dicen que durante los primeros movimientos contra el francés vistió ropas de muchacho, corrió caminos, trató con soldados e incluso conoció al que llaman «Palleter». Otros añaden que en años posteriores tomó armas en defensa de su villa. En 1812, le dieron, con afectada admiración, el nombre de «Sentinella». Yo no he podido probar cada extremo, pero el rumor tiene valor: una señorita que permite que su fama se mezcle con pólvora, disfraces y franceses ha dejado atrás el pudor que guarda a las demás.

Su reciente título agrava el negocio. «Baronesa de Mislata y la Morería» no son palabras de adorno. Ese título abre puertas, detiene preguntas, compra silencios, protege criados y da autoridad sobre papeles, rentas y caminos. Quien ayer podía parecer una muchacha instruida representa hoy una casa con firma, en relación con la familia «Musoles», y con apoyo del mismísimo conde de Almenara. Si se procede contra ella sin probanza entera, sus parientes y padrinos harán del celo una persecución y del Santo Oficio, blanco de lenguas liberales.

Hay, con todo, señales que merecen atención. Se le atribuye trato con Francia y Bayona, tras haber estudiado allí y en la ciudad de Barcelona. El nombre de Xavier Mina apareció cerca de ciertos papeles suyos con una frecuencia que no juzgo casual. No afirmo ante Vuestra Ilustrísima que haya delito probado. Pero sí que en torno a ella se juntan demasiadas hebras liberales y afrancesadas.

Por eso considero imprudente tocar de frente a doña Luisa. Conviene cercarla por los lados. La persona de su entorno más descubierta es Catalina de Bairén, mujer relacionada con tintes, aceites, disoluciones y artificios de taller. La tiene por perfumista, y aunque el vulgo agranda las palabras, no deja de ser cierto que tales oficios pueden servir para algo más que teñir paños. Un aceite que abre fibra, una preparación que altera el papel, un conocimiento de lacres o tintas discretas, en manos de gente malintencionada, se convierte en un arma poderosa.

Si doña Luisa recibe o guarda papeles, Catalina puede haberlos hecho legibles, invisibles o seguros. Si posee correspondencia de Mina, claves francesas o nombres encubiertos, acaso no se halle en el escritorio de la baronesa, sino en la mesa manchada de una mujer de taller. Por ahí debe empezar la diligencia.

Propongo observar a la señorita de Mislata sin ruido; sus criadas, correos, confesores, posadas, mozos de cuadra e incluso personas que traten con Rosita Vélez. Respecto de Catalina, juzgo conveniente averiguar sus proveedores, clientes, aprendices, contactos, anotaciones y libros. A veces la caza mayor cae al pisar primero la madriguera pequeña.

Besa humildemente el anillo de Vuestra Ilustrísima y pide su bendición,

Nazario Zúñiga.




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