«El perro de Dax».


La lluvia había dejado la plaza de la catedral con brillo estañado. De las losas subía vapor. Bajo tres olivos viejos, la ilustración para turistas del legionario y su perro parecía vigilar el barro que había atrapado la rueda de un carruaje.
—No tire de ahí —dijo Luisa.
Un hombre, hundido hasta los tobillos, no obedeció. Tenía una mano en la brida de un caballo nervioso y la otra en el eje embarrado.
—Si no tiro, señorita, este coche echará raíces aquí.
—Entonces habrá venido al lugar adecuado. En Dax todo el mundo espera curarse en el lodo.
Él la miró por fin. El vestido, los guantes, las botas salpicadas.
—¿Sabe usted sacar coches del barro? —dijo volviendo a la rueda.
—Sé cuándo alguien empeora las cosas.
—Eso ya es más de lo que saben muchos coroneles.
Luisa señaló una calle lateral.
—Necesita una tabla.
—Necesito cuatro hombres sobrios.
—Al final de esa calle hay un cobertizo.
—También hay dos gendarmes al principio.
Luisa miró el escaparate de la botica. En el cristal se reflejaban dos capotes oscuros bajo dos bicornios.
—Entonces tal vez necesite la tabla con más urgencia.
El hombre sonrió apenas, pero se apresuró. Volvió al poco con media puerta arrancada.
—¿Estaba suelta? —preguntó Luisa.
—Ahora lo está.
El cochero blasfemó. El desconocido encajó la madera bajo la rueda.
—Cuando ella diga.
Luisa se remangó lo justo para pisar firme.
—Ahora.
El caballo tiró mientras el hombre empujaba ayudándose del hombro. La rueda subió de golpe y una ola de barro manchó a ambos. Él, limpiándose la boca con el dorso del guante, escupió barro.
—Dax también cura por dentro, parece.
El comentario logró sacar una risa sincera a Luisa.
Monsieur. Un moment —llamaba un gendarme.
El desconocido recogió su sombrero del suelo.
—No creo que vengan a agradecer el servicio —dijo Luisa.
—La gratitud francesa suele pasar por filos, de guillotinas o de sus sables.
Los gendarmes cruzaban la plaza en su dirección. Luisa lo tomó de la manga y lo acercó al cartel.
—Gírese. Está usted admirando al perro.
—¿Al perro?
—Con devoción.
Él obedeció.
—Mademoiselle, ¿conoce a este caballero? —preguntó uno de los gendarmes en torpe castellano.
—Desde hace poco menos de lo necesario para juzgarlo.
—Buscamos a un español. Navarro. Joven. Peligroso.
—Entonces no será este. Casi le vence una rueda.
El desconocido inclinó la cabeza.
—Una rueda malvada.
—Su nombre, monsieur.
Luisa tocó la base del pasquín.
—¿Conocen la historia?
El gendarme apretó la boca.
—Mademoiselle…
—Un legionario romano estaba de guarnición en Lapurdum. Lo llamaron a campaña y tenía un perro enfermo, tullido por el reuma. Al pasar junto al Adour, con el corazón roto, lo arrojó al río para acabar su sufrimiento.
El desconocido dejó de sonreír.
—Tres años después volvió de la guerra. Entró en la ciudad y vio correr hacia él a su perro, vivo, rejuvenecido otra vez. El río lo había llevado hasta unas bolsas de barro caliente; allí, dado por muerto, chapoteó en el lodo. La arcilla termal y el calor de las aguas le devolvieron las fuerzas. Así nació, dicen, el termalismo de Dax: un soldado de regreso, un perro que no estaba muerto y barros termales.
El segundo gendarme miró la estatua.
—Une belle histoire.
—Útil, sobre todo, cuando uno busca cura.
—Su nombre —insistió el gendarme.
—Francisco —dijo el desconocido.
Luisa dio un paso adelante.
—Monsieur François me acompañaba a casa de mi padrino. Después podrán interrogarlo, si aún les apetece.
—¿Su padrino?
Luisa le dijo el título en voz baja.
Los gendarmes se quedaron inmóviles por un momento. Luego se apartaron.
—Mademoiselle.
Cuando estuvieron lejos, el hombre soltó aire.
—El conde de Almenara parece abrir puertas.
—También cierra bocas.
—Tendré que agradecérselo.
—A mi padrino no le gustan los agradecimientos de desconocidos.
—Entonces se lo agradezco a usted.
—A mí tampoco me gustan demasiado.
Se miraron por un momento, tenso para ambos.
—¿Cree usted en esa leyenda? —preguntó él.
—Creo que la gente necesita pensar que algo puede sanar aquí.
—Los perros, al menos.
—Los hombres también. A veces.
Pasó una carreta. Él esperó a que el ruido cubriera sus palabras.
—Hay hombres que vuelven peor.
Luisa lo miró: la capa gastada, el barro en el cuello, una cicatriz junto a la oreja. Nada de aquello encajaba con las grandilocuencias que había oído en Bayona.
—Dicen que Mina cruza montañas como quien cruza una sala —dijo ella—. Que aparece con cincuenta hombres y amanece con quinientos. Que duerme con una pistola en la mano y un mapa en la otra.
El desconocido se agachó para quitarse algo de barro de las botas.
—Pobre hombre. Dormir así debe ser incómodo.
—¿Lo conoce?
—He oído hablar.
—Todo el mundo ha oído hablar.
—Créame, las habladurías no ayudan a conocer a nadie.
En eso, un muchacho llegó corriendo desde una fonda.
—¡Señor Xavier! Su tío ha llegado. Le espera en la casa del camino de Bayona. Dice que no entre por la puerta principal.
El desconocido cerró los ojos un instante.
—Eso suena a mi tío.
El muchacho miró a Luisa.
—¿Ella es…?
—Nadie —cortó él.
Luisa sonrió.
—Exactamente.
Al otro extremo de la calle reaparecieron los gendarmes con un oficial de levita clara.
Xavier se ajustó el sombrero.
—Debo abandonar a mi salvadora.
—No soy su salvadora.
—¿Mií cómplice?
Luisa miró a los hombres que venían.
—Aventajar una calle.
—Eso a veces basta.
Él echó a andar hacia el callejón. Antes de perderse, volvió la cabeza.
—¿Cómo debo recordarla?
—Como alguien que conoce historias locales.
—Eso no es un nombre.
—Usted tampoco me ha dado uno entero.
Desde la plaza llegó una voz seca:
—¡Mina!
El apellido rebotó en las paredes mojadas.
Mina no miró atrás. Solo alzó una mano y desapareció entre el vapor.
Luisa permaneció quieta. Frente a la estatua, el perro seguía regresando del río.
—Pobre iluso —murmuró Luisa.
El mayordomo de su padrino esperaba junto a los olivos.
—Señorita, ¿volvemos?
Luisa miró el callejón vacío.
—Sí, Guillén. Despacio.

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