«La Superintendencia General de Policía».

 

Madrid, a 20 de enero de 1824
A su Excelentísimo e Ilustrísimo Señor,

don Jerónimo Castillón y Salas,
obispo que fue de esta atribulada España,
y residente hoy, por desgracia de los buenos, en la ciudad francesa de Bayona.


Vuestra Ilustrísima me mandó que no dejase de escribirle cuando los negocios de la Corte diesen alguna señal de mudanza. La hay, y grande. Acaba Su Majestad, Dios le guarde, de poner mano en el arreglo de una Policía General del Reino, no ya como aquellas antiguas Hermandades Viejas, que valían para caminos y despoblados, ni como la Santa Hermandad, ni aun como el Tribunal de la Acordada de Méjico, del que algunos hablan con más erudición que juicio, sino con planta nueva, cabeza propia y brazo bastante para alcanzar donde hasta ahora no llegaban ni los alguaciles ni nuestro sermón, en este intento del rey de «laicizar» la represión.
No puedo asegurar a Vuestra Ilustrísima si todo ello nace de inspiración enteramente piadosa o de esas modas modernas que entran por Francia como entran las fiebres; mas sí puedo decir que el Rey, después de haber sido restituido por el Duque de Angulema, ha comprendido que no bastan bayonetas para contener el veneno. La espada corta, pero no escucha. El confesonario oye, pero ya no siempre se le permite cortar. Y entre una cosa y otra se nos han criado liberales, comuneros, masones, lectores de papeles prohibidos y gentes que hablan del nuevo «Código Penal» como si de un evangelio corregido se tratase.
El conde de Ofalia parece favorecer esta compostura, o, al menos, no la estorba. Dicen que conviene al Reino una jurisdicción clara, sin que cada alcalde, juez, capitán o escribano meta la mano donde no se le llama. Yo, que he visto perderse causas santas por tales disputas, no lo repruebo; aunque confieso a Vuestra Ilustrísima que me inquieta ver que muchos de los que ahora hablan de orden fueron ayer amigos de novedades. Así es el siglo: aun para salvar los altares, hay que servirse de instrumentos que apestan a escritorio ministerial.
El hombre principal es don José Manuel de Arjona, nombrado Superintendente. Tiene fama de moderado, palabra que en mi boca no sabe aún si es elogio o advertencia. No es de esos realistas de grito y trabuco, sino de papel, reglamento y silencio. Ya en otros años trabajó sobre materias de policía, y ahora dicen que ha presentado un arreglo con artículos, dependencias, comisarios, celadores y no sé cuántas clases de empleados. Todo muy dispuesto, muy medido, muy administrativo. Quizá por eso pueda durar más que nuestras santas indignaciones.
No falta quien recuerde a Francisco Amorós, aquel que, bajo el intruso José, manejó en Madrid asuntos semejantes con nombre de Intendencia de Policía. Yo no le nombro sino con repugnancia; mas sería necio negar que los franceses conocieron ciertas artes de vigilancia que nosotros, por fiarnos demasiado de la lealtad natural de los pueblos, descuidamos. Lo diabólico, Vuestra Ilustrísima, no siempre yerra en el método. Nuestro deber será tomar el hierro y consagrarlo a causa mejor.
En cuanto a mí, debo comunicar a Vuestra Ilustrísima una novedad que acaso le dé consuelo. Por mis servicios en la persecución de antiguos liberales, por haber señalado casas donde se juntaban a leer papeles infectos y por haber contribuido a la recogida y destrucción de libros de doctrina peligrosa (Rousseau, Volney, Bentham y otros nombres que ensucian la lengua, y dejan a los pueblos sin altar, sin rey y sin temor), he sido llamado, no oficialmente aún, a incorporarme a un cuerpo especial que algunos nombran, con voz baja, la Alta Policía.
No conozco sus atribuciones. Nadie las dice enteras, y acaso sea esa su primera regla. He oído, sí, que no se limitará a rondas, pasaportes, padrones ni licencias de fondas. Sospecho que tendrá ojos fuera del «Reino»: Portugal, donde siempre halla refugio el descontento; Gibraltar, boca inglesa clavada en nuestra carne; Londres, taller de panfletos y conspiraciones; y el sur de Francia, donde Bayona misma (perdone Vuestra Ilustrísima la franqueza) recibe a más españoles de los que convendría a la quietud de España.
No sé si habré de viajar, fingir nombre, abrir cartas, ganar criados, escuchar en posadas o tratar con hombres cuya absolución no quisiera para mí. Tampoco sé si en tales servicios se conserva limpia el alma. Pero sí sé que hay libros que matan más que un puñal, y conversaciones que incendian ciudades. Si la Inquisición no vuelve con la plenitud que muchos deseamos, y si aun las Juntas de Fe que algunos prelados han querido levantar parecen condenadas a vivir sin amparo bastante, otro muro habrá de levantarse contra los licenciosos.
Ya se oyen, junto al nombre de Arjona, los de don Rufino González y don Juan José Recacho, señal de que aun dentro de la fidelidad al Rey hay diferencias entre el celo encendido y la obediencia templada.
Ruego a Vuestra Ilustrísima me ilumine con su consejo. Si desde Bayona supiere nombres, imprentas, tertulias o clérigos tibios que amparen a nuestros enemigos, hágamelos llegar por conducto seguro. No escriba claro lo que pueda escribirse con señal convenida. La prudencia es ya una forma de obediencia.
Añadiré, por último, para noticia reservadísima de Vuestra Ilustrísima, que en Valencia se murmura de una congregación secreta llamada por algunos «el Ángel Exterminador». No sé todavía si es hermandad de celo, junta de exaltados o simple nombre dado por el miedo; mas sus voces hablan de castigos, purgas y justicia sin espera de ministros ni tribunales. Hay en ello una devoción torcida que podría servir al Trono un día y comprometerlo al siguiente. Si llegare a mis manos certidumbre de sus miembros, libros, juramentos o protectores, la remitiré por conducto seguro, pues no todo enemigo del libertinaje es, por eso mismo, amigo prudente del Rey, y creo que podrían estar de nuestro lado.
Besa humildemente el anillo pastoral de Vuestra Ilustrísima, y pide su bendición,
Su fiel servidor, Nazario Zúñiga.


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