«El funeral de Ernesto».
El martes a las ocho de la mañana, Clara Menéndez, mujer de treinta y cuatro años, administrativa, soltera por convicción, que no por falta de ofertas razonables, organizaba el funeral de su cactus.
No se trataba de un cactus cualquiera. Su nombre era Ernesto, venía de Murcia —según recordaba de la etiqueta del vivero, que tampoco es que fuera el Registro Civil— y llevaba siete años en el alféizar de la cocina, sobreviviendo a sequías, mudanzas y a tres novios de Clara. Y lo mató su madre, en una visita de fin de semana.
—Solo lo regué un poco —le había dicho.
Un poco, en lenguaje materno, significaba convertir la maceta en la pequeña Venecia.
Clara era bajita, metódica y extremadamente puntual, una de esas personas que llegan cinco minutos antes, incluso a las desgracias. Había estudiado contabilidad, lo que explicaba su tendencia a clasificarlo todo: recibos, calcetines, traumas. De carácter tranquilo, salvo cuando alguien tocaba sus plantas, en cuyo caso se convertía en una fiscal romana con bata de estar por casa.
La causa del funeral fue doble: la muerte de Ernesto y la necesidad de hacer sentir culpable a su madre sin llamarle directamente «asesina botánica», porque Clara aún quería que le siguiera haciendo croquetas.
El lugar elegido fue la terraza comunitaria. Mala idea. Allí apareció Julián, el vecino del quinto, atractivo, viudo y experto no solicitado en absolutamente todo.
—Eso no está muerto —sentenció—. Está descansando.
Ernesto tenía el color de una aceituna deprimida y la apariencia de una uva pasa.
Clara había colocado junto a la maceta una vela, una fotografía del cactus en sus mejores tiempos y una pequeña pala jardinera, ya que la muerte, como «Hacienda», no espera.
—Nos reunimos hoy —empezó— para despedir a Ernesto, cactus noble, silencioso y con mejor carácter que la mayoría de mis ex.
Su madre lloró. Clara sospechó que era por las croquetas, no por Ernesto.
Entonces Julián se acercó, examinó la tierra y metió un dedo.
—Esto tiene salvación.
—Julián, por favor. Estamos en un duelo.
—Y yo voy en chándal, pero nadie se queja.
Sacó el cactus, cortó la parte podrida y dejó un esqueje miserable sobre una servilleta.
—Si lo plantas de nuevo, revivirá.
Se hizo un silencio solemne. Clara miró a su madre.
—Enhorabuena. Has convertido un funeral en un parto por cesárea.
Tres semanas después, Ernestito brotaba torcido, feúcho, pero resistente. Como todo buen hijo de familia que se precie. Y sus primeras flores prometían recuperar la belleza olvidada.
Tal vez Clara debía plantearse buscar un cuarto novio, uno «no solicitado».

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