«Donde terminan los mapas».
La estación de Boston olía a pintura fresca y limpiador para suelos. Vera recordaba otros cuatro olores en aquel mismo sitio: carbón en 1899, tabaco en 1926, «humanidad» cuando era un refugio en 2033 y desinfectante durante la epidemia de 2037 después de la guerra.
—¿Ha estado antes aquí? —preguntó el muchacho del control.
Vera contempló su uniforme; le quedaba un poco amplio en los hombros.
—Hace mucho.
Entregó la acreditación del Servicio de Reconstrucción. El documento afirmaba que tenía treinta y cuatro años y que viajaba para verificar antiguas infraestructuras. El muchacho la dejó pasar sin mirarla dos veces.
En las pantallas de la estación se repetían las imágenes de los antigravitadores mientras sobrevolaban Londres. La expedición de la HGC Peregrinus había regresado aquella mañana, acompañada por una multitud de noticias extrañas, como los avistamientos de un dragón.
Nadie sospechaba que Vera conservaba el recuerdo exacto de cada noticia.
Apartó la mirada y subió al taxi que la llevaría hacia el este.
Durante el primer tramo, atravesaron barrios reconstruidos sobre los escombros de la guerra. Las fachadas relucientes pretendían inaugurar una época, pero Vera distinguía debajo las tiendas, viviendas y aceras desaparecidas. Al pasar frente a una torre de cristal, recordó una lavandería y a la mujer que le fiaba el lavado durante el invierno de 1951.
—Ahí no había nada antes de la guerra —comentó el conductor.
Vera estuvo a punto de corregirlo, pero se contuvo. Sabía por experiencia que la verdad podía resultar ofensiva en si contradecía el recuerdo colectivo.
Más allá de la ciudad comenzaron las carreteras dañadas. La vegetación invadía los carriles y algunos pueblos sobrevivían detrás de barricadas. En uno de ellos, una mujer les impidió continuar: un puente se había derrumbado y el desvío oficial atravesaba una zona minada.
Vera cerró los ojos. Recordó el paisaje en 1978, cuando había parado allí para cambiar una rueda. Detrás de una gasolinera abandonada nacía un camino agrícola que conducía al otro lado del río.
—Hay otra ruta —afirmó.
La mujer examinó su rostro sin arrugas.
—No, señorita, de haber otra ruta la conoceríamos…
—La hay, solo debemos buscarla bien.
El viejo camino lo encontraron bajo la maleza. Mientras los vecinos retiraban ramas y chatarra, comenzaron a preguntarle cómo lo conocía. Vera respondió que trabajaba con mapas antiguos. Era una explicación sencilla, aunque cada vez resultaba menos convincente.
Antes de marcharse, la mujer le tendió la mano como agradecimiento.
—A veces necesitamos a alguien que tenga una buena memoria.
Vera la aceptó sin decirle que recordar también podía ser una forma de quedarse atrapada.
Al anochecer alcanzaron una región alterada de forma extraña. Los árboles crecían inclinados hacia un punto invisible y la carretera cambiaba de dirección como si tuviera voluntad propia. Vera intentó reconstruir el trazado mediante sus recuerdos, pero cada curva desembocaba en un lugar distinto al que creía recordar.
Por primera vez en décadas, no sabía dónde estaba, pese a que había creído conocer el terreno.
El miedo le oprimió el pecho. Su memoria siempre había sido el suelo bajo sus pies; sin ella volvía a ser la joven que había despertado junto a Naamah, incapaz de comprender por qué su herida se había cerrado.
—Aquí el GPS se vuelve loco —advirtió el conductor.
Vera estuvo a punto de responder que su memoria siempre servía. En cambio, bajó del vehículo y observó las hierbas plateadas que crecían alrededor del arcén. No las había visto nunca.
Siguió su inclinación más instintiva y decidió simplemente seguir el camino. Horas después encontraron la salida con la señalización correcta hacia el pueblo de Salem.
—¿Cómo lo supo? —preguntó el conductor.
Vera sonrió, todavía sorprendida.
—No lo sabía. Espere aquí. Regreso enseguida.
Continuó sola hasta la casa donde Naamah la había transformado ciento cincuenta años atrás. En su memoria seguía siendo una residencia de muros blancos, con un limonero junto a la entrada y seis ventanas iluminadas.
La realidad era un edificio quemado recientemente, rodeado de árboles calcinados por el alcance de rayos atmosféricos.
Un grupo de investigadores había instalado allí su campamento. La responsable le prohibió el paso.
—La estructura puede derrumbarse.
—Necesito entrar.
—Todo el mundo necesita algo de estos lugares desde que volvió la magia.
Vera sacó los planos que había dibujado durante el viaje. Señaló una escalera oculta, un muro hueco y la ubicación de una cisterna olvidada.
—Como podéis ver, el acceso está donde techo y paredes ya se consumieron casi en su totalidad.
Los investigadores comprobaron dos de aquellos detalles antes de permitirle continuar.
Poco después atravesaba una puerta ennegrecida en el muro de ladrillo. Dentro, Vera encontró la habitación.
Era más pequeña de lo que recordaba. No quedaba rastro de la cama ni de las cortinas, solamente una mancha oscura en el suelo.
Se arrodilló donde había caído aquella noche.
Recordó a Naamah inclinándose sobre ella. Recordó su propia sangre, el dolor y la promesa de que todo terminaría pronto. Durante ciento cincuenta años había regresado mentalmente a aquel instante, buscando en cada palabra una explicación.
Ahora Naamah estaba de nuevo en la Tierra y, lo más probable, ni siquiera habría pensado en ella.
Vera apoyó la mano sobre la piedra. Esperaba sentir rabia, pero solo percibió frío. Comprendió que el lugar no guardaba respuestas. Las había llevado consigo, imponiéndoles un significado que quizá nunca tuvieron.
Al salir, la investigadora responsable aguardaba junto a la puerta.
—¿Encontró lo que buscaba?
Vera contempló los troncos, las ruinas y las hierbas plateadas que comenzaban a crecer entre las piedras. No recordaba haberlas visto allí antes de ese día.
—No —respondió—. Encontré algo nuevo.
Sacó su cuaderno y comenzó a dibujarlas. Subió al taxi y le dio al chofer instrucciones de regreso a Boston, a la estación.

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