«El plan Maitland».

Casa de don Mateo, Almansa. Noche del 7 de mayo de 1818.

La sala olía a lacre, cera derretida y a tinta seca, como era de esperar en la casa de un escribano. Don Mateo había dispuesto cinco sillas alrededor de la mesa de los papeles, como quien reparte naipes antes de saber a qué se va a jugar, aunque la de Jérôme permanecía vacía.

—Señora Ferrer —Don Mateo, señaló uno de los asientos ocupados—. Creo que ya conoce a todos, salvo al caballero.

El caballero se levantó con una elegancia excesiva. Alto, de pelo rubio ceniza, con un chaleco de corte inglés que ningún sastre de Almansa habría cosido.

—Alasdair Ross, enviado personal de Lord James Duff, IV conde de Fife —dijo, inclinando la cabeza con una cortesía demasiado medida—. A su servicio, señora, si el servicio conviene a ambas partes.

—Doña Ángeles Ferrer —respondió Luisa—. El servicio, señor Ross, prefiero comprobarlo antes de darlo por hecho.

Jérôme, que se mantenía apoyado contra la pared con los brazos cruzados, no dijo nada. Pero sonrió con la boca cerrada, como quien reconoce un golpe bien dado.

Francisco Coloma, sentado junto a Ross con la espalda demasiado recta, intervino en castellano, al ser el único que no dominaba el francés:

—El señor Ross ha vivido en Londres. Conoce a hombres que hablan con los propios ministros.
Siguió comprendiendo a medias.

—Qué suerte la suya —apuntó Luisa en francés—. Yo solo conozco a hombres que hablan de los ministros ingleses.

Ross se rio, un poco más fuerte de lo necesario.

—Ingeniosa. Me gustan las mujeres ingeniosas, señora Ferrer. Casi tanto como me gustan los liberales con paciencia.

—¿Y usted tiene mucha? —preguntó ella—. Paciencia, digo.

—La justa. Este año Chile ha bloqueado Valparaíso, ¿lo sabía? En abril. La marina española, humillada frente a un puñado de rebeldes con barcos comprados a mi país. El mundo se mueve rápido para quien sabe empujarlo.

—¿Y usted es de los que empujan?

—Yo observo dónde se mueve ya, y ayudo a que no se detenga.

Don Mateo carraspeó, como quien corta una cuerda antes de que se rompa sola.

—El señor Ross cree que Almansa podría ser… un nudo más, en una red mayor.

—Una logia con nombre propio —chapurreó mal Coloma, con el entusiasmo de quien repite una lección aprendida el día anterior—. Las que ya existen como en Londres. Como la que ayudó a Mina.

El nombre cayó en la sala como una moneda al suelo: pequeño, pero todos lo oyeron.

Luisa no movió un músculo de la cara. Eso lo había aprendido antes que a leer; y ya había leído bastante sobre Maitland y la logia Lautaro, tras el fusilamiento.

—Mina está muerto —dijo, con la voz plana de quien informa del tiempo.

—Mártir por una causa —corrigió Ross, quien, se inclinó, hacia adelante—. Fusilado en Nueva España por orden del virrey, defendiendo la libertad de un pueblo que no era el suyo. Un idealista. —El escocés hizo una pausa, calculada—. De esos ya no quedan muchos. Mueren jóvenes.

—O los matan jóvenes quienes prometen ayudarles y llegan tarde… o nunca pensaron cumplir —Las palabras de Luisa dejaron paso a un gran silencio en la sala.
Ross entrecerró los ojos, apenas.

—¿Insinúa algo, señora?

—Insinúo que la libertad de otros suele costarle muy poco a quien la vende desde lejos, señor Ross. Usted habla del Plan Maitland como quien habla del tiempo en Londres. A mí me gustaría saber cuánto le cuesta a usted personalmente. En sangre, no en divisas.

Coloma abrió la boca para defenderlo. Ross levantó una mano, sin apartar los ojos de Luisa.

—Interesante, que una viuda de provincias conozca el nombre de Maitland.

—Interesante, que un caballero inglés venga a Almansa a hablar de libertades ajenas, en vez de resolver las suyas en Irlanda.

Don Mateo tosió, esta vez de verdad.

Ross sonrió, pero fue una sonrisa distinta a la anterior: más fina, más fría.

—Veo que la señora lee la prensa periódica.

—Leo a los hombres, señor Ross. La prensa miente menos.

Jérôme se apartó de la pared. No dijo nada, pero el gesto bastó para que Ross recordara que no estaba solo con ella en la sala.

—Bien —Ross, recogió su copa como quien recoge una derrota con dignidad—. Brindemos, entonces. Por Mina. Por los que arriesgan de verdad.

Luisa bebió un sorbo pequeño y, por dentro, donde nadie podía verlo, la palabra Mina le quemó, como siempre. Pero su cara no lo dijo. Ya hacía tiempo que su cara no decía casi nada que ella no quisiera.

* * *

Salimos tarde. La calle estaba tan desierta y fría como cualquier otra noche. Jérôme caminaba medio paso por detrás de mí; noté su intención de protegerme, aunque no se lo hubiese pedido.

—Le ha ganado a ese inglés —dijo al fin.

—No he ganado nada. Solo hemos sobrevivido a la conversación.

—Eso, con usted, es lo mismo.

No le respondí enseguida. La memoria me recordó, de repente, un aroma que no había en Almansa.

—En Écouen —dije, sin venir a cuento—, los domingos, si nos portábamos bien, nos hacían crêpes. Finas, doradas. Las mejores que he comido en mi vida.

Jérôme me miró de reojo.

—Mi madre hacía galettes. De trigo sarraceno. Negras como la sartén.

—Suena horrible.

—Suena a que usted tenía azúcar y mi familia tenía hambre, señora Ferrer.

Eso último me detuvo un instante.

—Perdón —me excusé—, y lo digo de verdad, sin ironía esta vez.

—No se disculpe. —Él siguió caminando—. Solo recuerde que no todos hemos comido los mismos platos en esta vida. Ni entonces, ni ahora.

Le alcancé en dos zancadas.

—¿Algún día me enseñará a hacer galettes?

—Algún día —repitió él, y en su voz había algo que no sonaba a promesa vacía.

Sobre nosotros, el castillo de Almansa seguía vigilando las calles, indiferente, como llevaba haciéndolo desde mucho antes de que ninguno de los dos naciera.

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