«Sincerándose…»


—Te haces pasar por viuda —dijo Jérôme—, pero enrojeces porque un hombre te propone compartir su lecho.

Luisa mantuvo la vista en el fuego.

—No soy viuda, cierto. Tendría que contarte por qué.

Jérôme seguía apoyado contra la mesa, con los brazos cruzados. Había retrocedido cuando ella le apartó la mano, pero su proximidad continuaba pesando en la habitación.

—Te escucho.

Luisa respiró hondo.

—Conocí a un joven en Dax. A mediados de abril de 1814.

Jérôme frunció el ceño.

—¿Dax?

—Sí.

—Mi familia es de Mont-de-Marsan. Nunca me habías contado eso.

—Nunca me habías preguntado.

Jérôme aceptó el golpe con un leve movimiento de cabeza.

—Continúa.

—Una rueda de carruaje se había hundido en el barro. El cochero intentaba sacarla cuando apareció él.

—¿Solo?

—Eso no importa.

—A mí empieza a importarme.

Luisa lo miró.

—Era español.

—Ah.

—Navarro.

Jérôme alzó una ceja.

—Eso explica muchas cosas.

Luisa estuvo a punto de sonreír.

—Le ayudé con unos gendarmes. Hablamos. Poco más.

—¿Y te enamoraste mientras empujaba una rueda?

—No seas idiota.

—Me tranquiliza.

Ella volvió los ojos hacia el fuego.

Lo había visto de nuevo al día siguiente. Después otra vez. Una conversación junto al Adour. Un paseo demasiado largo. Una coincidencia a la salida de una posada que probablemente no había sido una coincidencia.

—¿Cómo se llamaba?

Luisa tardó un instante en responder.

—Xavier Mina.

Los brazos de Jérôme se descruzaron.

—¿Mina?

—Sí.

—¿El guerrillero?

—El mismo.

Jérôme dejó escapar el aire lentamente.

—Eso no me lo esperaba.

—Yo tampoco. Mina acababa de recuperar la libertad después de cuatro años de cautiverio en Francia. Tenía prisa por regresar a España y, al mismo tiempo, parecía encontrar cada día una razón nueva para permanecer unas horas más en Dax. Yo tampoco me esforzaba demasiado por evitarlo.

»Guillermo me acompañaba a todas partes —dijo—. Mi padrino confiaba en él.

—Con poco fundamento, por lo que parece.

—Guillermo cumplía con su obligación.

—Excepto impedir que vieras a Mina.

Luisa se encogió de hombros.

—No podía impedir que alguien paseara por la misma calle.

—Naturalmente.

—Ni que entrara en la misma iglesia.

—Por supuesto.

—Ni que se alojara cerca.

Jérôme sonrió por primera vez.

—Qué cúmulo de casualidades.

—Hasta que dejaron de serlo.

Aquello le borró la sonrisa.

Luisa recordó las conversaciones. España. Fernando VII. La guerra. Todo lo que Javier había perdido mientras permanecía encarcelado.

Y cosas menos importantes.

Las que habían acabado importando más.

—Mi padrino se enteró.

—¿El conde?

—Sí.

—¿Y qué hizo?

—Mandó regresar a Guillermo.

Jérôme soltó una breve carcajada.

—Castigo ejemplar para Guillermo.

—Y me puso una dama de compañía.

—Eso ya parece más eficaz.

—Lo fue.

Durante dos días.

Jérôme volvió a mirarla.

—Luisa...

—No pasó nada.

—No he preguntado eso.

—Pero lo estabas pensando.

Él no lo negó.

—Javier partió hacia Navarra poco después.

—¿Y ahí acabó?

—No.

—Por supuesto que no.

Las cartas comenzaron casi inmediatamente.

Al principio eran prudentes. Después dejaron de serlo.

Mina llegó a Pamplona, viajó a Madrid, regresó a Navarra. Esperaba recompensas, reconocimiento, quizá un puesto desde el que continuar defendiendo aquello por lo que había luchado.

Fernando VII tenía otros planes.

—Nos carteamos, y nos encontramos otra vez meses después —dijo Luisa.

Jérôme permaneció callado.

—Y alguna vez más.

—¿Con tu dama de compañía?

—A veces.

—Empiezo a sentir simpatía por esa mujer.

—No deberías. Era insoportable.

—Entonces también siento simpatía por ti.

Luisa le dedicó una mirada severa.

—Nos prometimos.

Jérôme dejó de sonreír.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

—¿Formalmente?

—No.

—¿Tu padrino lo sabía?

—Sabía suficiente.

—No es lo que he preguntado.

—No hubo contrato. Ni anuncio. Ni consentimiento familiar.

—Pero hubo promesa.

Luisa asintió.

—Sí.

Jérôme cogió su vaso, pero no bebió.

—Así que cuando dices que eres viuda...

—No he dicho que lo sea.

—Dejas que otros lo crean.

—Es más sencillo.

—¿Para quién?

Luisa no respondió.

—En septiembre, Mina participó en el intento de alzamiento contra Fernando VII. El pronunciamiento fracasó. Huyó hacia Francia. Lo detuvieron al cruzar la frontera —dijo ella.

—Los franceses.

—Sí —Luisa alzó los ojos—. Lo enviaron a Blaye. Prisión atenuada.

Jérôme guardó silencio y dejó el vaso sobre la mesa.

—¿Lo viste durante ese tiempo?

—Después de mi viaje a Viena. Mina recuperó cierta libertad de movimientos. Francia volvía a cambiar. Napoleón había regresado. Europa parecía incapaz de decidir quién gobernaba sobre quién. Javier pensaba marchar a Inglaterra.

»Lo vi en Bayona antes de que se fuera.

—¿Y entonces?

—Entonces ya estábamos prometidos.

—¿Más que antes?

—No hay grados para eso.

—Los hay cuando uno de los dos puede marcharse a Londres.

Luisa levantó la mirada.

—Me pidió que fuese con él.

Jérôme quedó inmóvil.

—¿Y tú?

—Quise hacerlo.

—Pero no fuiste.

—Mi padrino me hizo comprender lo que significaba. Huir con un hombre sin estar casada. Un hombre perseguido por Fernando VII. Sin fortuna segura. Sin saber siquiera dónde acabaría.

—Elegiste quedarte.

—Eligieron por mí.

Jérôme bajó la vista.

—Mina partió hacia Londres… Las cartas continuaron. Después, Nueva España. Otra causa. Otra guerra. Otra promesa de regresar cuando todo terminase.

Luisa apretó las manos sobre el regazo.

—Le pedí que no fuera.

Jérôme no preguntó si la obedeció. Los dos conocían la respuesta.

—Lo fusilaron en noviembre de 1817 —apuntó Jerôme.

El fuego crujió.

Durante unos segundos no hubo nada más.

—Entonces viviste esperando convertirte en su esposa.

Luisa levantó los ojos.

—Sí.

Jérôme se acercó un paso.

Ella no retrocedió.

—Y ahora yo te propongo compartir mi cama y tú crees que estarías traicionándolo.

—No he dicho eso.

—Lo estás pensando.

—Estoy pensando muchas cosas.

Otro paso.

Luisa sintió de nuevo aquella sensación.

No la que sentía con Xavier.

Otra.

Jérôme estaba vivo.

Apenas había distancia entre ambos.

—Podría acostarme contigo —dijo ella.

Él permaneció inmóvil.

»Y quizá mañana descubriría que he cometido un error.

Jérôme la miró sin comprender del todo.

—O quizá descubrirías que no.

—Eso me asusta más.

Jerôme, ahora sí entendió.

Luisa tuvo que apartar la vista.

—No sé si sigo enamorada de un muerto —dijo—. Pero sé que durante años pensé que mi vida sería con él. Y no puedo cambiar eso en una noche porque tú hayas decidido…

—¿Qué?

Luisa volvió a mirarlo.

—Enamorarte de mí.

Jérôme no respondió.

No hacía falta.

—Y menos aún —continuó ella— convertirme en tu amante antes de saber qué significa para mí todo esto.
Él permaneció muy cerca durante unos segundos.

Después retrocedió.

Solo un paso. Lo suficiente.

—Entonces no serás mi amante.

Luisa sintió una mezcla absurda de alivio y decepción.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía.

—¿Por qué?

Jérôme recogió su vaso.

—Porque no he dicho que vaya a dejar de intentarlo.

Luisa lo miró.

Y esta vez fue ella quien tuvo que contener una sonrisa.

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