Camelot


Desde la colina podía verse la ciudad amurallada, la zona del castillo de forma circular, las grandes puertas… Todo ello, a las orillas de un lago inmenso que mantenía una profusa y densa niebla en su centro.

Camelot resultó ser un lugar maravilloso. Las calles parecían las de un eterno mercadillo medieval, con gentes de aquí para allá, guardias armados con lanzas, jaulas de madera y cercados para animales domésticos.

Un ligero olor a estiércol lo impregnaba todo, pero las calles circundantes a las principales parecían limpias. Estaban adornadas con plantas florales cultivadas en macetas y maceteros.

Jade percibió que había un rústico sistema de alcantarillado y otro de iluminación con lámparas de aceite, para, suponía, los ratos del día más oscuros.

Jhysdara iba a pie mientras guiaba de las riendas a su hermoso corcel. La gente parecía acostumbrada a ver caballeros (o, al menos, al caballero negro), aunque eran más los que saludaban a Tatyana al reconocerla como gerefa, al parecer una especie de oficial del orden.

Pronto accedieron al castillo por una de sus torres. La edificación, bastante primitiva y de forma circular, no tenía nada que ver con los grandes castillos europeos. Las murallas no resultaban ni muy anchas ni muy altas, las torres eran cuadradas y el tejado a cuatro aguas parecía hecho de cañas y barro.

Dentro del recinto, había una fortaleza de dos alturas que, por poco, sobresalía sobre las murallas, de unos ocho metros de alto. Su diseño daba sensación de austeridad, casi sin ventanas, y con techumbre almenada.

A Jade, la fortaleza le recordó un puño, cerrado sobre la propia ciudad que la rodeaba. Donde las calles de Camelot respiraban con el bullicio del mercado, aquellas piedras grises parecían contener el aliento desde hacía siglos, como un anciano que ha decidido no volver a sonreír. No había en ella nada del brillo dorado que las leyendas prometían: solo la dureza necesaria, ya que la belleza no defiende a nadie de una flecha. Sintió un frío que no venía del aire, sino de la propia idea de vivir ahí dentro, encerrada entre muros de piedra que no fueron pensados para ser hermosos, sino para sobrevivir al tiempo y los ataques.
Tan solo una pequeña balconada casi sin decoraciones le proporcionaba algo de vida a una estructura tan sosa.

Conformaban el resto del castillo unos establos para caballos; una capilla de aspecto anticuado y, al parecer, de origen cristiano; un edificio similar a una posta; un pozo para extraer agua y un par de almacenes que, según Tatyana, daban acceso a las bodegas subterráneas.

En el interior de la fortaleza, el ambiente era sombrío.

—Anunciad a sir Galahad que estamos aquí —ordenó Tatyana a uno de los siervos.

—Sí, señora —contestó el hombre con prontitud.

—No esperaba esto así, viendo el resto de la ciudad.

—Sir Galahad es un hombre taciturno y solitario —explicó con prontitud la Reina Eterna, quien acababa de abandonar su disfraz de caballero y se volvía a mostrar en todo su esplendor.

—¿Es el Galahad de las leyendas? —preguntó Thomas.

—Lo es. El único que alcanzó el Grial, bebió de él y es, por tanto, inmortal. Aunque su estancia en Asgard no le sentó nada bien…

—¿Asgard? —dijo Jade—. ¿El Asgard de Odín?

—Asgard es uno de los nueve mundos de los hijos de Anu. Galahad fue llevado allí, como otros a quienes los dioses estimaron necesario. Pero fue el único que logró regresar. O que quiso hacerlo, ya que se lo había prometido a Arturo.

—¿Existen nueve mundos? —interrogó Thomas.

—Nueve son los que conocemos, y los que se conocían hace ahora más de dos mil años, cuando mi esposo, mi hermana y su tripulación visitaron Asgard a bordo de un barco mágico. —La reina hizo una breve pausa para luego enumerar—: Asgard, el reino de los dioses, a unos ochocientos sesenta años luz de aquí; Midgard, vuestro mundo, al que llamabais Mannheim; Alfheim, este mundo, al que conocemos como Ljusalfheim o Reino de la Luz; Niflheim, el reino de la oscuridad y los elfos oscuros; Vanaheim, el hogar de los Vanir, seres grises que dominan lo que llamáis tecnología y poseen capacidades telepáticas; Jötunheim, el helado hogar de los gigantes de piel azul; Svartálfaheim, el hogar de los enanos forjadores de todos los secretos de los metales; Muspelheim, el mundo del fuego primordial y los gigantes de fuego y, por fin, Helheim, el inframundo, el mundo de los muertos.

—¿Y no hay más mundos? —inquirió Jade.

—Sí los hay. Según los dragones y los espíritus, existen otros planos. Y en este y otros mundos hay puertas hacia ellos.

—¡Dragones! —se admiró Jade.

—Sí, pequeña, dragones a los que abatir si tienes una lanza afilada y un brazo fuerte —se escuchó decir a una voz masculina desde el fondo de la habitación.

Un hombre de mediana edad, vestido en una armadura de placas deslustrada y cubierta con un sobretodo, entraba en la sala.

—Os presento a sir Galahad —enunció la reina—. Estos son Thomas y Jade. La joven Jade es la nueva portadora de la hoja Excalibur.

—¡Vaya! ¿Tan joven?

—No es mucho más joven de lo que lo fue Arturo en su día.

—Pero Arturo tuvo a Merlín —señaló el hombre—. ¿Quién te entrenó a ti, muchacha? Excalibur no elige a cualquiera.

—Mi padre, Xhiam Li Liam —contestó Jade—. Y, bueno…, supongo que también la academia de la Alianza Global.

—Alianza Global —repitió sir Galahad—. Suena grandilocuente, como un concepto muy sublime, elevado.

—Encontró usted el Santo Grial; eso sí suena muy elevado.

—Aah, no lo creas, pequeña… Yo era un ser puro, temeroso de Dios y del pecado. La sangre de Cristo me cambió, me hizo un ser sanguinario, un depredador, y entonces los ángeles bajaron del cielo y me capturaron…

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