«La pequeña llama».

 

Mara podía subir a los almendros, atrapar lagartijas con un vaso y sacar lombrices de la tierra sin arrugar la nariz. Pero no soportaba la acequia de noche.

De día era una pequeña raya de agua entre huertos. Por la noche parecía otra cosa. El agua oscura bajo los cañizos, las ranas que saltaban sin avisar… y, cuando el viento movía las hojas, Mara imaginaba dedos largos rozando el camino.

Aquella tarde su abuelo le había dicho:

—El miedo no atiende a razones, se presenta, aunque no siempre haya motivos para que esté ahí.

Mara había fingido que no escuchaba mientras limpiaba el barro de sus sandalias con un palo.

—Eso no es miedo. Es que la acequia de noche hace cosas raras —dijo.

Su abuelo sonrió sin burlarse y se fijó en el farol azul que colgaba junto a la puerta; uno de los cristales debía arreglarse.

Al anochecer empezó la tormenta. Las primeras gotas gordas cayeron sobre las tejas. Después, el cielo se partió en un trueno que hizo temblar los vasos del aparador.

 Mara estaba en la cocina, mojando pan en leche caliente, cuando oyó un balido a lo lejos.

Levantó la cabeza. 

El balido se repitió otra vez, más débil. 

Su hermano Leo, que tenía seis años y siempre llevaba la ropa manchada, dejó caer la cuchara.

—Es Chispa.

Chispa era la cabrita más pequeña del corral. Tenía una oreja doblada y la costumbre de meterse donde no debía.

El abuelo salió al porche. La lluvia le golpeó la cara.

—La verja del huerto está abierta —anunció.

Leo corrió hacia la puerta, pero el abuelo lo sujetó por el hombro.

—Tú te quedas. El agua cae fuerte, así que iré yo —dijo Mara.

Mara notó que ambos miraban hacia el mismo sitio: el camino de la acequia. Tragó un sorbo de leche, aunque ya no tenía hambre.

El abuelo tomó el farol azul. Probó la llama, pero apagó al primer soplo de viento. 

Volvió a intentarlo con el mismo resultado.

—El cristal está rajado. No aguantará fuera.

Chispa baló otra vez desde algún punto oscuro.

Mara apretó los dedos alrededor de la taza. La leche le calentaba las manos, pero por dentro se le había metido una cosa fría.

—Iré sin luz. Conozco el camino —murmuró.

Leo la miró como si acabara de ver abrirse una puerta secreta.

—¿Tú?

Mara quiso decir que sí muy fuerte. Solo le salió un sí pequeño. 

El abuelo no la alentó ni la frenó. Le puso en la mano una cuerda seca y le ajustó la capucha.

—No corras. Pisa donde recuerdes que hay piedra. Si el miedo aparece y parece que te habla, tú escucha también el agua.

Mara salió. 

Caminó unos metros. La lluvia le llenó el rostro. El camino olía a tierra rota, a hojas de higuera. Cada relámpago dibujaba el mundo durante un instante y luego se borraba.

Dio diez pasos más hacia la acequia. 

En el que hacía once, una rana saltó junto a su bota. 

Mara soltó un grito y casi dejó caer la cuerda.

Desde el porche, Leo declaró lo obvio:

—¡Pero!, ¡si era pequeña!

Mara frunció el ceño. Sus propias piernas querían volver. No se lo permitiría, pero no pensaba permitírselo. Se secó la cara con la manga y siguió avanzando. 

La acequia sonaba más abajo, llena de ramas y con la corriente creando espuma.

—Chispa —llamó Mara.

Un balido contestó desde los cañizos. 

Mara se arrodilló en el barro. Apartó las cañas con cuidado. Allí estaba la cabrita, atrapada entre dos raíces, con las patas traseras hundidas y la oreja doblada pegada al cuello. Cuando vio a Mara, dejó de moverse.

—No hagas eso —susurró Mara—. Si te quedas quieta, me asusto más.

La cabrita temblaba. Mara también. Ató un extremo de la cuerda al collar de Chispa. Las manos se le resbalaban. Un trueno cayó tan cerca que Mara cerró los ojos. 

Entonces recordó al abuelo: «El miedo puede venir contigo, pero no tiene por qué llevar las riendas.».

Abrió los ojos.

El miedo no tenía dedos largos. La acequia era la de siempre, pero ella tenía barro en las rodillas, agua en los brazos y una voz dentro de la barriga diciendo: vuelve.

Mara, en cambio, apoyó los pies contra una piedra y tiró. 

Chispa no salió. 

Tiró otra vez. 

La cuerda casi le quemó las palmas.

En eso, su hermano apareció a medio camino, envuelto en su impermeable amarillo demasiado grande. Detrás venía el abuelo, despacio, armado con su bastón.

—¡Te dije que te quedaras! —chilló Mara.

Leo levantó una mano. En ella llevaba el farol azul. La llama, protegida por un tarro de cristal, brillaba pequeña pero viva.

—Lo he arreglado con el bote de los garbanzos.

Mara quiso reír y llorar a la vez. 

Con la luz, vio mejor las raíces. No debía tirar hacia atrás, sino hacia un lado. Leo sujetó el farol con los brazos estirados. El abuelo clavó el bastón en el barro para que Mara se agarrara a él.

—Ahora —dijo.

Mara tiró de lado. 

Chispa salió de golpe, cubierta de barro hasta las cejas. Cayó encima de Mara y le lamió la barbilla con su lengua áspera. 

Leo soltó una carcajada que casi apagó el farol.

Cuando regresaron, la cocina le pareció más caliente que nunca. El abuelo envolvió a Mara en una manta. Ella escondió las manos enrojecidas bajo la tela.

—He tenido miedo —dijo, mirando la taza de leche fría.

Nadie se rio.

Leo dejó el farol azul sobre la mesa.

—Yo también. Por eso fui tras ti.

Mara observó la llama pequeña, temblando dentro del tarro de garbanzos. No iluminaba toda la cocina. Ni falta que hacía.

Al día siguiente, cuando pasó junto a la acequia, el agua sonaba tranquila. Mara no fingió que no le daba respeto. Bajó la vista, encontró la piedra donde había apoyado el pie y sonrió un poco.

Luego siguió caminando. 

Publicar un comentario