«Las palabras que no pertenecen a nadie».

Viena, 7 de marzo, año 1815.

El salón menor del palacio Kaunitz estaba templado. Las velas se agotaban ante los espejos, multiplicando el brillo de joyas, uniformes y copas abandonadas. Un cuarteto tocaba a Haydn, aunque nadie parecía escucharlo; la música servía para cubrir conversaciones.

Luisa permanecía junto a una ventana cerrada. Bajo el guante sujetaba la correa del bolso atado a su muñeca. Dentro llevaba una carta del conde de Almenara para un viejo conocido napolitano. Su padrino le había asegurado que no contenía nada comprometedor.

«Precisamente por eso debes entregarla tú».

Luisa todavía no había decidido si su padrino le demostraba confianza o si la consideraba demasiado insignificante para despertar sospechas.

A su espalda, tres jóvenes hablaban. Una de ellas, rubia y cubierta de perlas, imitaba la voz grave de Gómez Labrador.

—España exige ser escuchada —declamó—. España protesta. España no firma.
Las otras rieron.

—Quizá el marqués crea que las protestas alimentan a sus hambrientos —dijo otra.
Luisa apretó el bolso.

Había oído críticas peores contra el diplomático español; algunas, merecidas. Labrador tenía el extraño talento de convertir una causa justa en agravio personal. Pero aquellas risas no iban contra él, sino contra España, a la que juzgaban pobre, atrasada y dócil.

—Don Pedro no ha venido a Viena para divertirlas —dijo.

Las jóvenes se volvieron. La rubia ocultó su sorpresa detrás del abanico.

—Eso resulta evidente.

Las risas fueron más contenidas. Luisa sintió rubor en las mejillas, aunque se obligó a sostenerles la mirada.

—Su problema no es que carezca de razón —añadió—. Es que cree que tenerla obliga a los demás a escucharlo.

Las jóvenes callaron.

Otra voz llegó desde el lado posterior del grupo.

—Una opinión interesante.

Dorothée de Courlande avanzó sin prisa. Vestía de azul oscuro y casi no llevaba adornos. No necesitaba llamar la atención: el salón se reorganizaba a su paso.

Las muchachas se apartaron.

—Señorita Ferrer —dijo Dorothée—, ¿habla en nombre del conde de Almenara?

Luisa sintió un temblor involuntario en la muñeca. Había querido defender a España y, con una sola pregunta, Dorothée convertía sus palabras en una declaración política.

—Mi padrino no acostumbra a confiarme sus opiniones diplomáticas.

—Pero sí sus cartas.

Dorothée miró el bolso.

Luisa lo cubrió con la otra mano.

—Cartas familiares.

—En Viena, hasta las familias tienen fronteras.

Las jóvenes se alejaron fingiendo interés por los músicos. Luisa comprendió que quedarse a solas con Dorothée no iba a ser elección suya.

—¿Conoce usted a todas las personas que transportan correspondencia? —preguntó.

—Solo a las que se aferran a ella cuando alguien la menciona.

Demasiado tarde, Luisa relajó los dedos.

Dorothée sonrió; en sus ojos no había burla. Le prestaba atención.

—Ha vivido en Francia.

—Me he educado allí.

—En París.

—También en otros lugares.

—Dax, recientemente.

El topónimo cayó entre ambas como una moneda sobre una mesa vacía.

Luisa sintió que el calor del salón desaparecía. No recordaba haber hablado de Dax con nadie en Viena.

—Está bien informada.

—Es mi obligación.

—Creía que su obligación era organizar cenas para Talleyrand.

La mirada de Dorothée se endureció un instante. Luisa supo que había herido su orgullo y sintió una satisfacción inmediata, seguida del temor de haber ido demasiado lejos.

Dorothée inclinó la cabeza.

—Las cenas deciden quién puede hablar con quién. A veces eso es más importante que lo que se firma después. —Se acercó lo suficiente para que nadie pudiera oírlas:

—Una joven española educada en Écouen llega a Viena bajo la protección de un conde vinculado a viejas familias napolitanas. Lleva correspondencia, escucha conversaciones y opina sobre el representante de Fernando VII.

»¿Qué debería pensar?

El corazón de Luisa golpeó contra las varillas del corsé.

—Que esa joven tiene oídos y criterio propio.

—El discernimiento es una explicación peligrosa. No protege nada.

Luisa pensó en Bayona, en el trazo firme de su padrino y en aquella prudencia que le había «pedido» sin explicarle qué debía temer. Si le arrebataban la carta, no solo la comprometerían a ella.

—¿Pretende registrarme?

Dorothée extendió una mano enguantada.

—Pretendo acompañarla hasta la mesa donde las damas depositan sus bolsos para bailar.

—No voy a bailar.

—Entonces parecerá que oculta algo.

—Y si dejo el bolso, podrán registrarlo.

La sonrisa de Dorothée regresó.

—Empieza a comprender Viena.

Antes de que Luisa respondiera, la puerta principal se abrió. Un secretario cruzó el salón con el rostro pálido y entregó una nota a Dorothée.

—Del canciller —dijo.

La música continuó, pero algunos hombres dejaron de hablar y miraron hacia las salidas. La inquietud se propagaba sin necesidad de palabras.

Dorothée leyó. Perdiendo el dominio de su expresión.

—Napoleón ha escapado de Elba.

Luisa sintió que el suelo se desplazaba. Recordó soldados, caminos embarrados, casas cerradas y el silencio posterior a los disparos. La guerra que todos fingían concluida acababa de abrir los ojos.

Dorothée dobló el mensaje.

—¿Qué hará España?

Luisa buscó una respuesta segura.

—Lo que ordene el rey. Supongo.

—No le he preguntado qué hará Fernando.

Dorothée la observaba con una intensidad nueva. Ya no intentaba descubrir qué contenía la carta, sino qué contenía ella.

Luisa pensó en los oficiales que habían luchado por una Constitución abolida al regreso del monarca; en quienes celebraron a Fernando y luego conocieron sus prisiones. Sintió miedo, pero también una cólera reprimida.

—España obedecerá —dijo—. Los españoles…, no estoy tan segura.

Dorothée no sonrió.

El salón empezaba a vaciarse. Los ministros abandonaban copas, partidas y acompañantes. La política regresaba a los despachos.

—Hasta esta noche —murmuró Dorothée—, usted podía permitirse tener opiniones.

Luisa sostuvo su mirada.

—¿Y desde ahora?

—Desde ahora habrá hombres dispuestos a matar para averiguar de qué lado están.

Dorothée miró una última vez el bolso, pero no intentó ofrecerlo.

—Entregue esa carta pronto, señorita Ferrer. Mañana quizá ya no opine de usted como esta noche.

Luisa comprendió entonces que el peligro no estaba en el mensaje que transportaba.

Era la opinión que acababa de pronunciar.

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